Casa de Calexico

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Aprovechando su inminente concierto en la sala La Riviera de Madrid, repasamos la trayectoria y el espíritu de Calexico, una banda que ha hecho de la encrucijada entre Méjico y Estados Unidos su casa, y la fuente de toda su inspiración musical. Pasen y lean, la casa de Calexico está siempre abierta.

La casa de Calexico está siempre abierta y en movimiento. Sus habitantes fijos tan solo son dos, John Convertino y Joey Burns, pero hace ya varios años que le quitaron las puertas a la banda, y de dúo pasaron a convertirse en todo un colectivo musical, sobre todo en directo. Su propuesta puede considerarse como una de las más interesantes de todo el panorama neofolk norteamericano, entendido como el renacimiento, a partir de los ’90, de un género inabarcable que consiste en la transcripción e interpretación del medio sociocultural y geográfico particular de cada región en su música. Y lo es fundamentalmente por su sincretismo, elemento clave no solo en las bases de la construcción identitaria estadounidense, sino también, en particular, en la idiosincrasia mejicana e incluso en el simple concepto de frontera, leitmotiv de gran parte de su trabajo. Porque la mezcla, musical y humana, ha sido siempre el medio y el fin de Calexico.

Mágico realismo fronterizo.

A lo largo de su carrera, que suma ya 20 años y 8 álbumes de estudio, han abordado la construcción de un sonido a medio camino entre las dos culturas, conformando con el tiempo una música que podríamos catalogar sin miedo como fronteriza. Como si, de alguna manera, hubieran podido encarnar y ensanchar ese microuniverso en franja, dotándole de una musicalidad propia que, por otra parte, es tremendamente cinemática. Una realidad paralela a los dos países, a las dos culturas; una realidad ficticia, pero que se mueve bajo nuestro mismo sol cenital. La casa de Calexico es un lugar amplio, un dilatado mapa sin nombres en el que caben la inspiración ranchera, el mundo mariachi, el radicalismo moderado de la estética tex-mex, la steel guitar de DePedro, los ritmos criollos e indígenas, la cumbia, el country alternativo, y los ambientes semiabandonados, secos y mágicos de Juan Rulfo. Todo mezclado por obra y arte de la calima del desierto de Sonora, y llevado al terreno del indie rock casi por instinto.

Lo mejor del camino es el camino mismo.

Resulta tentador buscar una línea de evolución lógica para esta banda, desde que salieron de Giant Sand a mediados de los ‘90 hasta su última publicación, Edge of the Sun (2015); pero no la hay. Caminan sin destino fijo simplemente por caminar. Han coqueteado con el pop y con determinadas formas más abstractas sin tambalearse ni salirse nunca de su calzada, demostrando una versatilidad fuera de lo común, y manteniéndose siempre fieles a su propia sonoridad. Pero en cualquier caso, si The Black Light (1998), su primer gran álbum, representa la vertiente más cruda y claramente geo-etnográfica –inspirado en el desierto de Arizona y norte de Nuevo Méjico–, y aunque no la hayan abandonado nunca del todo, sí es cierto que Calexico han ido alargando su visión hasta convertir su obra en algo de carácter más universal que regional. Un discurso pan-fronterizo y de vocación ambulante.

En ese sentido, Feast of Wire (2003) es su trabajo más dilatado. Para entonces ya habían incorporado a su formación semifija un gran número de instrumentos, constituyéndose como una especie de orquesta alternativa y errante, al estilo Carnivàle. Con la narrativa típica del ocaso del western en canciones como ‘Black Heart’, ‘Woven Birds’ o ‘No Doze’, contrastando con la fogosidad mexica de ‘Across The Wire’ o ‘Güero Canelo’, con la licencia jazzística de ‘Crumble’, con el camuflado vals de ‘Sunken Walz’, o con la delicia incatalogable y sincrética de ‘Quattro (World Drifts In)’. Preparados para adoptar la forma que sea necesaria en cada parada, como aquellas ferias itinerantes de los años de la gran depresión.

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Partiendo de esa premisa, cualquiera podría ver en Garden Ruin (2006), su siguiente trabajo, un desplazamiento claro de su propuesta hacia los terrenos más accesibles del pop-rock, renunciando al sendero más arriesgado; pero no fue más que una parada estratégica para recoger a gente como Amparo Sánchez o JD Foster, integrados en una nómina de colaboradores cada vez más numerosa. No obstante, al margen de aciertos como ‘Letter to Bowie Knife’, ‘Deep Down’ o ‘All Systems Red’, todos celebramos el regreso de Calexico a la frontera en su siguiente publicación: Carried To Dust (2009), probablemente su mejor álbum. En él elevan al máximo nivel el sincretismo de sus notas, ritmos y acordes, conformando un discurso tan escurridizo como franco. Redondo y pleno. Porque si algo han demostrado Calexico a lo largo de toda su trayectoria es que es posible entender el choque de civilizaciones como algo positivo, y que siempre volverán a la frontera porque puede simbolizar el lugar en el que dos mundos se dan la mano.

Las fronteras, como la pólvora, pierden su poder en el agua.

En su eterno vaivén, puede que Calexico hayan encontrado la perspectiva más sana de toda esa reflexión en sus dos entregas más recientes. Con Algiers (2012) nos descubrieron el hermoso concepto de una frontera hundiéndose en el mar, diluyéndose en él todas nuestras falsas diferencias. Y hasta en la música se percibe menos tensión entre las dos principales ramas inspiradoras. Como mucho en la bilingüe ‘Puerto’, casi el único alboroto del disco. En Edge of the Sun (2015), por el contrario, vuelven a cabalgar por la tierra seca, a uno y a otro lado de la frontera, pero saltándosela ahora con absoluta naturalidad y madurez. La sucesión de ‘Tapping on the Line’ – ‘Cumbia de Dónde’ – ‘Miles from the Sea’ – ‘Coyoacán’ es una buena muestra: un deliberado juego de la comba entre dos culturas.

Puede que su última etapa no sea la más brillante, al menos en lo que a exploración de géneros se refiere, pero da igual porque han terminado de construir su mito. Nos presentan su universo enmarcado en un asombro menor, a través de unos ojos que ya han visto mucho mundo; pero en su constante movimiento, en su eterna búsqueda de la nada, han terminado encontrando respuesta a sus inquietudes. Por la calma que se respira en ‘Follow the River’, tema que cierra su último trabajo, se diría que es el final feliz de una película del oeste pre-John Ford, aceptando la leyenda por cierta, transmitiéndola de nuevo oralmente, y creyendo en un futuro con más luces que el pasado. La casa de Calexico siempre ha estado abierta y siempre lo estará, porque han entendido muy pronto que uno y uno hacen dos; y que lo que una frontera separa se puede unir de nuevo a base de música y comunidad.

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El próximo 17 de abril actúan en la madrileña sala La Riviera. Montarán su orquesta, poblarán el escenario con instrumentos de mil culturas, y empezará la fiesta. Una celebración itinerante de la vida y la música a cargo del colectivo Calexico, que nunca se detiene y nuca se cierra.

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