Crítica: Animal Collective – Painting With

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Animal Collective Painting With portada

Décimo álbum de estudio del colectivo animal. Un disco en el que los de Baltimore se toman un respiro en su incansable campaña de exploración musical para mantenerse cerca de esos ritmos, coros y melodías que todos asociamos con el sonido Animal Collective.

Hay fórmulas cuyo destino es agotarse y disiparse en el aire. Fórmulas explosivas e inestables que se basan en la capacidad de sorpresa, en la originalidad y en la frescura; y que superada esa fase de espontaneidad pierden parte de su sentido y todo su motor. Como los fuegos artificiales, que no están hechos precisamente para quedarse ahí arriba, colgados durante días hasta perder la gracia. Desde un punto de vista un poco cruel, parece que Animal Collective se empeñan en hacer lo contrario, dando continuidad a su música con un décimo álbum que acaba de ver la luz. Una banda que siempre se ha caracterizado por la experimentación, por el collage casi aleatorio de elementos ultracoloridos, saltarines y juguetones, pero que ha llegado a un punto en el que, oh, sacrilegio, resultan un tanto previsibles y catalogables en sí mismos. Painting With no pasará a la historia como el mejor trabajo del colectivo de Baltimore, pero si lo que se busca es el referente de su sonido más básico y enfrascado en pura esencia, su versión más accesible, vaya, puede resultar bastante adecuado.

Efecto sorpresa diluido

Lo que el disco tiene de paradigmático, y se sigue agradeciendo, es la unión entre esa inimitable métrica trabalingüística del ritmo y del beat, y el cubismo de sus juegos vocales. En eso ha descansado siempre el atractivo y lo estimulante de Animal Collective, aunque su propuesta haya ido perdiendo efervescencia en sus últimas entregas. Painting With se edifica sobre dichos cimientos, es cierto, pero el aspecto exterior de la estructura no luce tanto como en otras ocasiones porque parecen haberse valido de elementos decorativos reciclados de otros trabajos y claro, adiós al efecto sorpresa. Por lo general nos suena a más de lo mismo con los mismos recursos, en un afán más de mantenerse que de aportar algo realmente nuevo. Lo curioso es que el año pasado, por estas fechas, se nos hacía la boca agua con la franquicia extraterritorial que publicó Panda Bear en forma de álbum. De alguna manera, significó la existencia de un horizonte para Animal Collective, más allá de su paradigma, al que desgraciadamente no se han encaminado.

En cualquier caso, y más allá de la inaugural ‘FloriDada’, donde declaran abiertamente que beben –y han bebido siempre– de las vanguardias de principios del XX, fundamentalmente del dadaísmo y del surrealismo, el álbum tiene momentos convincentes que sería injusto obviar. En ocasiones ligados a la presencia de esporádicos y elegantes arreglos orgánicos, como en ‘Lying in the Grass’, donde además de reunir las características básicas de su fórmula de siempre, algo ralentizada en ritmo quizás, presentan un delicado goteo de piano y un par de revoloteos de vientos que refrescan la cara del disco, hasta ese momento algo plano. El mismo efecto produce el piano de la contundente ‘On Delay’, cayendo deliciosa y contradictoriamente en cascada. Pero en otras ocasiones nos convencen por la faceta fiestera que ya todos conocemos de sus directos, quizá incluso poco explotada una vez más. La progresiva y acosadora ‘The Burglas’, todo un mantra atómico, y la subsiguiente ‘Natural Selection’, un descarado choque pistero, marcan ese epicentro electrónico que tan en potencia está siempre en Animal Collective.

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Una foto fija de Animal Collective

Es posible que en este caso concreto aplicar el adjetivo pop pueda entenderse como algo despectivo –motivo por el cual hemos utilizado el término “accesible”–, pese a que temas como ‘Bagels in Kiev’ o ‘Golden Gal’ funcionen bastante bien bajo dicha apariencia; pero habiéndose distinguido siempre como banda a la usanza del explorador, con una curiosidad innata por la experimentación e instinto de huída del acomodo, resulta sinónimo de estancamiento y falta de nuevos estímulos, algo que evidentemente es achacable a Animal Collective a la luz de este último trabajo. Ahora bien, no hay duda de que su sonido sigue siendo resultón: con esa elasticidad gomosa, casi de cartoon al estilo Roger Rabbit, y con ese cromatismo tan particular y pegadizo. Así que si este es el punto de su evolución en el que han decidido plantarse o poner el piloto automático, por nosotros estupendo. Será como ver la foto fija de unos fuegos artificiales que nunca se disipan, pero no importa: sus discos serán siempre bienvenidos (con tal de que lo presenten en directo).

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