Crítica: Bat For Lashes – The Bride

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Bat For Lashes, la banda capitaneada por Natasha Khan, vuelve con The Bride para sentar cátedra. Un disco caracterizado por su extraordinaria contención y austeridad instrumental, y por la historia de amor, pérdida, dolor y luto que nos narra la vocalista en primera persona. Tengan un pañuelo bien a mano, y sumérjanse a pecho descubierto.

Dicen que una ruptura sentimental se puede comparar con el proceso de duelo, con el luto por el fallecimiento de un ser querido; y es verdad. Todos conocemos las famosas cinco fases (negación, ira, negociación, depresión, aceptación), y puede que hasta nos hayamos visto empantanados alguna vez en ellas: una especie de ruta de reconstrucción interna que Natasha Khan, compositora y vocalista de Bat For Lashes, ha descrito a la perfección en su nuevo álbum The Bride. En él se cuenta la historia de una novia que pierde a su amado en un accidente en la misma mañana de su boda, y a lo largo del metraje la británica dibuja escenas del triste y desolador proceso posterior que sufre la joven. Así reflexiona Khan sobre el amor, la pérdida, el dolor y la soledad, al tiempo que escuchamos el sonido mínimo de una vida ya sin sentido. Porque el cuarto álbum de Bat For Lashes, ante todo, refleja una extraordinaria delicadeza y una quietud casi mortecina, un sigilo que contiene el llanto, y una desnudez desarmada de toda esperanza que lo reduce todo a la mínima expresión. Solo brilla la voz quebrada de la cantante, que narra en primera persona el via crucis de convertirse en viuda antes que en esposa.

The Bride es el disco más lento –y por ello arriesgado– y redondo de la corta pero brillante discografía de Natasha Khan: una obra sobresaliente en lo conceptual, densa, perturbadora y embriagada de sentimiento desbocado y roto. El proceso descrito en ella, en cualquier caso, no es del todo paradigmático: hay mucho dolor en la primera etapa, antes de la ira, se salta la negociación, y tras la fase de depresión vuelve a caer en la de negación, justo antes de empezar a ver la luz al final del túnel. Es más un relato concreto que un manual, por tanto. Con él, sin embargo, la británica descubre su vocación más dramatúrgica, e incluso cineasta, porque la imagen de la novia vagando por las sombras de su duelo, todavía vestida de novia, no nos abandona un solo instante. Fundamentalmente desde la oscura, sintética e intensa ‘In God’s House’, donde se produce la tragedia –“Through this veil they can’t see / The fog of death unveil me”–, hasta la balsámica y hermosa ‘Land’s End’, esa recaída en la negación, ese último intento de huída, sostenida por un arpegio de guitarra y por violines voladores: “For my love, I will bleed / And I drive till I set myself free / (…) Past the motorways and city lights / That my soul be free and spirit fly / To land’s end”.

“I see her in every place I go”

Antes, a modo de intro, resplandece ‘I Do’ en ceremoniosa harmonía, y la onírica y elegantísima ‘Joe’s Dream’, uno de los cortes más atractivos, anticipa el desastre a modo de fatal premonición: “He saw angels at his bedroom door / And a body on a checkered floor / There was lightning in his black leather / And it struck out his name”. Lo más interesante y magnético del álbum, sin duda alguna, reside en la primera mitad larga del mismo, en las primeras fases del duelo: en la desértica y confusa ‘Honeymooning Alone’, un pieza de autodestrucción y de absoluta desorientación –“Driving my car in the night / The cans on the road in daylight / And your empty seat by my side / If I drive far enough will I find my love?”–; en la rítmica y pulsante ‘Sunday Love’, obsesiva y dolorosa negación –“I see her in every place I go / Sunday love is so cold”–; en la iracunda pero delicada, fría y tranquila ‘Never Forgive The Angles’; y en ‘Close Encounters’ y ‘Widow’s Peak’, dos formas de musicalizar la depresión muy distintas pero igualmente minimalistas: una etérea, voladora y limpia; y otra hundida. Ambas a un paso de la muerte.

La última fase, la de la aceptación, resulta algo menos estimulante. Tras aquel último intento de huida que es ‘Land’s End’ llega la calma en forma de piano, que junto a un simple bajo conforman la bella y limpia ‘If I Knew’, momento en el que empieza la superación del dolor. A partir de aquí el álbum se hace, si cabe, más lineal, y la trayectoria, aunque dolida, se vuelve ascendente. En ‘I Will Love Again’, con la voz casi desnuda sobre otro bajo liberador, la protagonista declara cercano el final del luto –“One of these nights / I will love again / I was lost in the caves / But I will love again”–; y aunque luego en ‘In Your Bed’ se siga lamentando por la ausencia de su amado –“I just wanna be in your arms instead / Let’s lay in your bed and dream together / Just spending time in your bed”–, parece que la rueda de su vida vuelve a girar de nuevo. El último paso, ‘Clouds’, ya es pura purgación: “Rain, wash me clean through the night”. En resumen: un disco de aplauso pausado y largo.

 

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