Crítica: Bonobo – Migration

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Bonobo despierta de su letargo con un álbum más que notable. Migration, sexta referencia en la trayectoria del productor británico, nos devuelve al artista que nos enamoró hace quince años con su electrónica mágica de inspiración étnica.

Si no existiera Bonobo, habría que inventarlo. Durante años, antes de que aparecieran figuras como James Blake, Nicolas Jaar o Jamie xx, la música del británico Simon Green sirvió de refugio para toda esa gente que, renegando de la vertiente clubber y disco de la música electrónica, no quería renunciar a las incalculables posibilidades formales, ambientales y estructurales de esa nueva manera de hacer música. Evidentemente no era el único artista del universo electrónico que hacía algo distinto: el desarrollo del acid-jazz, del ambient, del downtempo y del IDM, entre otros sub géneros, venía ya de lejos; pero lo de Green era especial.

Animal Magic (2000) y Dial ‘M’ for Monkey (2003), sus dos primeros trabajos de estudio, destacaron en su día más por la mágica escenografía que presentaban que por su ritmo pausado o por la accesible estructura de sus canciones. El distintivo de su fórmula, por tanto, no residía tanto en aspectos formales (que también) como en su discurso: un cuidado monólogo descriptivo-narrativo que, sin llegar a ser del todo orgánico, parecía beber de un cierto entramado étnico ancestral, natural y fantástico que otorgaba a su música un carácter único, sincero y extrañamente cercano.

Aquel autoproducido primer álbum le abrió de par en par las puertas del prestigioso sello Ninja Tune, donde otros artistas como Funki Porcini y, sobre todo, The Cinametic Orchestra habían editado ya trabajos por el estilo. Tras él llegarían otros cinco discos en los que Bonobo ha ido introduciendo pequeñas variaciones sin desviarse demasiado de su esencia. El último de ellos, Migration, es probablemente el más parecido a los de su época inicial, haciendo gala de un discurso más étnico, mágico y compacto que nunca, y renunciando casi por completo –a excepción de ‘Surface’, el tema con Nicole Miglis, y muy ligeramente– al tímido coqueteo con el R&B de sus últimas publicaciones. El álbum, como venía siendo habitual, presenta diversas colaboraciones –Rhye, Nick Murphy (antiguo Chet Faker), Nicole Miglis e Innov Gnawa– en forma de aportación vocal, pero quedan siempre subordinadas a la rítmica ambiental y no determinan el espíritu de sus respectivos temas, como sí lo hacían Andreya Triana y Erikah Badu en anteriores publicaciones.

Volviendo a los orígenes

Comparándolo pues con aquellos referentes discográficos indiscutibles de la trayectoria de Green, Migration mezcla de manera brillante la cuidada, mágica y onírica escenografía que le convirtió en artista de culto a principios de siglo con una rítmica más variada, desenvuelta y, en determinadas ocasiones, más clubber. Hay momentos –y se agradecen mucho– en los que roza el house, cosa que antes apenas había pasado: momentos clave como ‘No Reason’, el temazo lírico en el que colabora Murphy –¿Moderat?–, ‘Outlier’ o ‘Bambo Koyo Ganda’, la estimulante pieza en la que participa la formación marroquí Innov Gnawa.

Tanto en esta última, en este caso con acento africano, como en ‘Break Apart’ –donde colabora Rhye– y en ‘Kerala’ –ambas con acento andino: esa guitarrita huanca–, se percibe el sustrato étnico que está en la base de la ensoñación propuesta siempre por Bonobo. También ligeramente en ‘Ontario’, en cuyas cuerdas encontramos pistas que nos conducen paradójica e irremediablemente a un lugar perdido entre Samarcanda, Calcuta y Persépolis.

En cualquier caso, ni la rítmica variada ni la cálida inspiración étnica logran esconder el acertadísimo abanico instrumental de Migration. Además de la presencia de las cuerdas ya mencionadas, el álbum se abre con un tema homónimo magistralmente conducido por un piano en forma de marea oceánica nocturna. Por no hablar de la deliciosa ‘Second Sun’, donde conviven en eterno sueño una guitarra eléctrica dócil, arreglos de vientos y violines, y un piano que susurra arpegios con extraordinaria dulzura. Ni del final del ‘Figures’: a la postre un cierre plenamente orgánico para el álbum.

Haciendo cuentas, por tanto, nos sobran los motivos para recomendar esta nueva entrega de Bonobo. Un artista con el que nos hemos reencontrado tras varias publicaciones un tanto difusas: el mismo que hace 15 años nos hizo creer que había un universo especial reservado en la electrónica para los más soñadores.

Bonobo presentará su nuevo disco el miércoles 15 de marzo en la sala Razzmatazz de Barcelona y el jueves 16 en La Riviera de Madrid, con entradas agotadas.

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