Crítica: exquirla – Para los que aún viven

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exquirla

Para los que aún viven, el álbum de debut del supergrupo exquirla (Toundra + Niño de Elche), marca un punto de inflexión (quizá sin retorno) en la trayectoria de la banda madrileña. Esencialmente post-rockero pero con acabado flamenco, el álbum significa el paso más arriesgado que se ha dado en el género a nivel nacional en muchos años. Una joya.

Todo comenzó en el Monkey Week 2015: el día en el que el oscuro agujero del post-rock instrumental conoció las profundidades del cante jondo. Los miembros de Toundra vieron claro entonces que Niño de Elche sería el primer ser humano en dar voz a sus canciones. Una violación del dogma por imperativo categórico, en aras del compromiso. Los cinco de exquirla –cuatro de Toundra más el cantaor– niegan la mayor: que su principal influencia haya sido Omega, aquel pedazo de monumento musical a Lorca, a Cohen y a todo aquello que nos aprieta el alma y hace que nos postremos ante lo bello, lo animal y lo sobrehumano. Pero, ¿cómo podría alguien no sentirse condicionado por el ardor vocal y guitarrístico de ‘Ciudad Sin Sueño’, por la romería progresiva de ‘Omega (Poema Para Los Muertos)’ o por la mística espacial de ‘Kyrie’, el tema que abre Misa Flamenca –el preludio de Omega–, de Morente? Nadie, en su sano juicio. Y este disco entronca con todo aquello.

En cualquier caso, Para los que aún viven, el disco que exquirla acaban de poner en el mercado, no es flamenco, como si lo era esencialmente Omega. Tampoco es una mezcla de flamenco y rock: es post-rock instrumental cantado, recitado; un post-rock con las entrañas abiertas hasta el fondo; un volcán de guitarras en erupción con brotes de lava en forma de cante flamenco. La aportación de Niño de Elche, puramente letrística –extraídas de La marcha de 150.000.000, un extenso poema de Enrique Falcón– y vocal, se adapta a las normas básicas del post-rock, a sus progresiones –ligeramente evolucionadas y adecuadas–, a sus ritmos y al tacto de sus guitarras. Aunque algo huérfanas, seguramente si quitáramos la voz del disco todas sus canciones seguirían funcionando bien y con coherencia dentro la trayectoria ya larga de Toundra. Pero, por favor, no lo hagan, ni siquiera lo imaginen. Quédense con exquirla.

Orillas opuestas del mismo abismo

Tras diez años de actividad y después de haber alcanzado el estático estatus de abanderados del género a nivel nacional, la banda madrileña necesitaba quizá este golpe de efecto para aportar algo nuevo y verdaderamente distinto al género, tendente a un rápido acartonamiento. Sí, Para los que aún viven es un disco de post-rock instrumental recitado, pero el esfuerzo de apertura de sus autores también es evidente y enormemente encomiable. Se nota, por ejemplo, en ‘El Grito del Padre’, donde, sin renunciar a sus dogmas y tempos post-rockeros, conceden gran parte del protagonismo narrativo –no entendido literalmente sino en sentido meramente musical– a Niño de Elche. Las estructuras típicas de Toundra pero dejando nichos de lucimiento a un elemento externo que se integra de maravilla. La forma en que el ritmo y la línea de las guitarras dan continuidad al verso “De que hablan las escrituras / si no del poder de los muertos” es sencillamente sublime.

Dentro de este vibrante ejercicio de interpretación mutua, Niño de Elche y Toundra alcanzan en exquirla una mímesis casi absoluta mediante un lenguaje conjunto que, en el fondo, proviene de dos universos que son orillas opuestas del mismo abismo. Ellos, por ejemplo, interpretan el manoseo rizado de las guitarras flamencas y la orografía palpitante de su progresión en ‘Hijos de la Rabia’. Y él, por norma general, espera paciente su turno en los extensos tempos del post-rock.

Un disco que duele

Para los que aún viven dura 55 minutos distribuidos en ocho emocionantes canciones. En la mayoría de ellas reina la atmósfera típica del post-rock, pero probablemente en ninguna como en ‘Un Hombre’ y en ‘Europa Muda’: las dos sobrecogedoras piezas finales. Versos como “Un hombre está muriendo y nadie va a decirle ven conmigo”, de la primera, “Oíd, tú eres la muerte que mece mi boca / (…) la tormenta de miedo en las bocas del hombre” o “Europa muda, el cementerio blanco donde puede terminar el ahogado”, de la segunda, le pondrían a cualquiera la piel de gallina; pero con la instrumentación sonando como en las canciones más extremas –en especial en ‘Un Hombre’– de Mono o de Explosions in the Sky, el resultado ya es absolutamente acojonante.

Exceptuando las breves ‘Interrogatorio’ y ‘Contigo”, que transitan por zonas periféricas con respecto al epicentro conceptual del álbum, la línea maestra del mismo está muy clara desde el primer instante. ‘Canción en E’ abre el disco con un planteamiento desafiante, como de advertencia, incitándonos a entrar con el estómago bien cogido. Y no es broma, porque ‘Destruidnos Juntos’, pieza estrella y primer sinlge, arremete con tal virulencia que parece que te desuella. Si el estribillo que reza “Y al final se desentierren / 20.000 flores negras / 20.000 flores blancas / 20.000 espaldas con capuchas y electrodos: / Bajo un régimen de aislamiento” no te desnuda el alma, es que no eres de carne y hueso, amigo.

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