Crítica: Feist – Pleasure

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Seis años después de su última entrega, la cantautora canadiense Leslie Feist vuelve con un disco mullido, cercano, profundo y maduro. Pleasure contiene canciones sencillas que hablan en primera y única persona, con voz de ángel y guitarras sin artilugio alguno.

No deberíamos perder demasiado tiempo presentando la biografía de Leslie Feist, artista canadiense del universo Broken Social Scene, ni tampoco escuchando ‘Pleasure’, la canción que abre y titula su recién estrenado nuevo disco. Porque más allá del que fue, además, su primer single, con ese tacto tan parecido a la aspereza de St. Vincent que solo se repite en ‘The Wind’ y en ‘Century’ –segundo single–, se esconde un trabajo mullido, cercano, muy delicado aunque rebosante de autoestima, profundo y maduro; un disco con el que Feist se muestra en su faceta más admirada: la de cantautora íntima, sencilla y genial.

La autora de Nueva Escocia despliega en Pleasure un cancionero compuesto por pequeñas confesiones, reflexiones propias de quien ha aprendido a apreciar el paso del tiempo porque no le queda otra, odas al amor y al desamor, y algún que otro conejo a quienes creen que la juventud es un bien imperecedero y a la postre el único que tenemos en la vida. Con esbelta agilidad, un lenguaje claro aunque en ocasiones críptico y metafórico, Feist escribe desde dentro transmitiendo emociones de manera prístina y acompañada únicamente, en los mejores cortes, de una guitarra sencilla que lo reduce todo a un maravilloso tú-y-yo.

Hay que decir que el de St. Vincent no es el único acento incorporado al estilo de la canadiense en su nueva entrega. ‘Pleasure’ tiene algo de esa consistencia medio cruda medio hecha del Sun de Cat Power, y tanto ‘Get Not High, Get Not Low’ como ‘Lost Dreams’ recuerdan al blues-folk cherokee que sobrevuela la última obra de Chan Marshall. Ambas huelen a sensaciones positivas, a aprendizaje, a basar la reconstrucción interior en una acción muy sencilla: simplificar. ¿Que algo me empuja hacia abajo? Pues voy hacia arriba –“That made me close my eyes, / so then I opened my eyes”–. ¿Que nuestros sueños juveniles se han desvanecido? Pues sueña por las noches –“Even by day, I had a dream, I am a dreamer / And I saw all about his goodness became so / Bad-ass blacking out and it’s called the name of love / (…) Every night you go to sleep, a chance to have another dream”.

Pero sin duda alguna, nuestra Feist favorita es la que menos compañía necesita. La que canta al desamor con sangre caliente, emociones no caóticas y una guitarra desnuda: “You sent in spiders to fight for you / I was so disappointed I didn’t know what to do / I wish I didn’t miss you” (‘Wish I Didn’t Miss You’). La que habla de sí misma en primera  y única persona: “I built me from the bedrock / Made me right up / Ignited little tunes” (‘Baby Be Simple’).

Un maravilloso tú-y-yo a fuego lento

En esa línea maestra de cantautora sincera destacan por encima del resto dos canciones escalofriantes. El blues profundo, aguerrido y comprometido de ‘I’m Not Running Away’, donde la sombra de Neil Young componiendo la BSO de Dead Man asoma imponente; y ‘A Man Is Not His Song’, una preciosa pieza en la que relaciona la música con el amor y las expectativas, capaz de desmontarte con ese riff a contrapié del estribillo y con ese final glorificado donde se repite “More than a melody’s needed” como un mantra. Porque no es desamor, es madurez; con incrustación de Mastodon incluida, sí.

En Pleasure, por tanto, solo hay buenas noticias. Leslie Feist se siente bien consigo misma: madura y preparada emocionalmente. Esto se refleja en una inspiración evidente y desbordante, sin artilugios, producciones impostadas o poses instrumentales que maquillen la verdad. Un sentimiento de plenitud y autenticidad que se respira nítidamente en ‘Any Party’, donde dulzura, garra y complicidad construyen no solo las bases de la canción, sino también las del amor. El álbum, que no es del todo redondo por la presencia de ‘Pleasure’, ‘Century’, la canción con Jarvis Cocker, o ‘The Wind’, que desentonan un poco, se cierra con ‘Young Up’, una dilatada balada a teclado en la que advierte y consuela a la vez a las jóvenes generaciones por lo cerca que está también su final, lo sepan o no. Un canto a la experiencia acumulada.

En la retina nos quedamos, de todas formas, con la Feist de ‘Wish I Didn’t Miss You’ y ‘Baby Be Simple’, y, por supuesto, con la de ‘I’m Not Running Away’ y ‘A Man Is Not His Song’. Un maravilloso tú-y-yo que se graba a fuego lento.

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