Crítica: Girlpool – Powerplant

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El dúo californiano Girlpool se convierte en trío al fichar un batería y su música se ve recompensada. Powerplant, su segundo álbum, el primero con el sello ANTI-, incide en el mismo punk lo-fi con raíces en el pop alternativo, solo que con más músculo y contraste. Uno de los discos indie por excelencia de la temporada.

Cuando a los 50 segundos de ‘123’, canción que inaugura el segundo disco del dúo californiano Girlpool, se abre y estalla una batería, se inicia también una nueva era en su trayectoria. Compuesta hasta ahora por Cleo Tucker (guitarra, voces) y Harmony Tividad (bajo, voces), sus únicas responsables, la banda de Los Ángeles ha introducido una revolucionaria y muy básica alteración en su fórmula gracias a la cual, sin salir de su entorno natural indie punkpop lo-fi, ha asomado la cabeza por encima de la línea del underground con Powerplant, un trabajo de apenas media hora.

Descendientes por igual del pop alternativo de la estirpe de Stereolab o Broadcast y de las duricias guitarreras de la generación de The Breeders, Kim Deal, Throwing Muses, Kim Gordon o Bilinda Butcher (My Bloody Valentine), estas chicas se mueven en un extenso terreno colindante con los de Frankie Cosmos, Mac DeMarco y (el lado más unplugged de) Deerhunter donde campan a sus anchas, sin perder de vista las derivas más crudas del shoegaze. Hasta ahora habían publicado un EP y un disco, ambos con el sello londinense Wichita Recordings, sin necesidad de apoyarse en percusión alguna o ritmo de cualquier tipo. Sin embargo, parece que lo de Miles Wintner es un fichaje en toda regla y no solo una aportación rítmica circunstancial, por lo que además de completar el trío en directo ha participado en la labor de composición, sumando gran cantidad de volumen y voluptuosidad a la fórmula de la banda.

De un esqueleto anestésico de lo-fi, extremo y casi en 2D, representado todavía por piezas como ‘Fast Dust’ (aunque hay un bombo escondido) y la brevísima ‘High Rise’, hemos pasado a una fórmula donde la ambientación gana protagonismo junto la estética superficial, generando distintos escenarios tanto atmosféricos como emocionales. El de ‘Soup’, por ejemplo, nos remite a cierta épica oscura post-grunge, con cadencia rítmica grave y una línea de guitarra muy distorsionada al fondo; el de ‘Kiss and Burn’ a una tarde de amor con botas camperas bien puestas; mientras que el de ‘Your Heart’ nos lleva al patio trasero donde confluyen los citados Deerhunter y Mac DeMarco sin apenas electricidad. Y solo son algunas de las mejores muestras que hay del reciente desarrollo muscular de Girlpool en Powerplant.

Éste, como ya hemos dicho, se manifiesta en todo su esplendor en ‘123’, canción que abre el disco con sabor a desidia monumental, anticipando un elemento nuevo en el sonido del ahora trío: el acentuado contraste entre suavidades y durezas, entre las melodías de pop reluciente (y eminentemente alternativo) y los pisotones de ritmo y distorsión. Se hace especialmente apreciable en temas como ‘Corner Store’, cuyo bamboleo casi country se convierte en un fugaz caos eléctrico hacia el ecuador, en ‘She Goes By’ y ‘It Gets More Blue’, piezas que podrían haber firmado Drop Nineteen y los primeros Lush respectivamente, en ‘Sleepless’, todo un ensueño de pop pero con pies de plomo, y en ‘Static Somewhere’, la gigantesca canción con la que se cierra el disco.

En general podría decirse que el placer mayoritario de Powerplant reside precisamente en ese choque conceptual entre el pop alternativo y el ramalazo punky que prolifera entre batería y distorsión. A pesar de ello, la homónima ‘Powerplant’, una de las pocas canciones estables y en absoluto bipolar del álbum, vertebra el discurso desde su centralidad, marcando el camino más proclive para el definitivo despegue de Girlpool, que aunque ya tienen a la crítica especializada a su favor, aún tienen terreno por abonar de cara al público mayoritario.

Girlpool actuarán en la sala Moby Dick de Madrid el 23 de septiembre, con entradas a la venta en Ticketmaster.

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