Crítica: Karen Koltrane – Álbum

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Karen Koltrane 2017

Karen Koltrane consolida categóricamente su fórmula con Álbum, su primer larga duración. Más allá del synthpop, de su influencia shoegazer y dreampopera, y de la morfología a base de capas horizontales, Ángel Valiente da un importante paso hacia adelante gracias a un lenguaje lírico-musical y conceptual muy coherente. Es el triunfo de la épica doméstica.

Karen Koltrane, el proyecto musical de Ángel Valiente, nació hace muchos años en su cuarto. Originario de Cuenca pero con vivencias en Valencia, Barcelona, Berlín y Oslo, donde ha residido los últimos dos años, el tío se gana la vida como diseñador de muebles aunque artísticamente destaca como gran decorador de interiores. Así germinó su debut, un EP titulado Plantas de interior publicado en 2014: trabajando y moldeando synthpop, capa y capa, en un espacio cerrado.

Aquel material, editado por el siempre acertado sello Foehn Records, le valió para tocar –con una banda compuesta por Miguel Bellas e Iñaki Jiménez de Atención Tsunami e Incendios, y Pablo P. Campesino, de Autumn Comets– nada menos que en el Emergència! Festival, en el Primavera Sound, en las Fiestas Demoscópicas de Mondosonoro y teloneando a Mercromina en Madrid entre finales de 2014 y principios de 2015: sus cuatro primeras actuaciones. Casi nada.

La quinta fue el pasado 21 de abril, justo el día que estrenaba Álbum, su primer disco, y fue teloneando a Los Planetas, elevando el listón y quemando etapas a la velocidad del rayo. Según parece, J está fascinado por el nuevo trabajo de Valiente, y no es para menos. Sobre todo porque en él se nota una evolución importante con respecto a su ópera prima. Aunque igualmente achatadas, las muchísimas capas que utiliza en su propuesta ocupan un espacio mayor, ganando en solidez y en expresión de una personalidad totalmente definida. Álbum es un disco de autor, de estilo, compacto y tan redondo que parece transcurrir todo en el mismo instante.

Épica doméstica, victorias a pequeña escala

Como buen amante del shoegaze que es, Ángel Valiente construye su lenguaje musical en base a ciertas obsesiones recurrentes. Más allá de la milhojas de capas y del espacio horizontal que ocupan, su fórmula recoge elementos del citado género y del dreampop de forma hábil y efectiva, enriqueciendo claramente su música. En primer lugar, la pantalla de sonido: la pátina turbia, el grano de la foto, la definición granulada del todo. El ruido limpio de My Bloody Valentine. En segundo lugar, sus teclados y sintes, que dibujan siempre círculos viciosos. Y por último pero no menos importante, las baterías: planas y marciales, que envuelven toda la nebulosa ambiental en una tupida red unificadora.

Eso en cuanto a la morfología de sus canciones. En lo que respecta a su estructura, bastante homogénea en las ocho piezas presentes en Álbum, también guarda semejanza con sus referencias dentro del plano shoegaze. Estructuras aparentemente horizontales, planas pero en ocasiones con una inclinación ascendente, tendentes a un ordenado y cabal tono épico. ‘Ondas Gravitacionales’ –el primer single–, por ejemplo, lo marca desde el principio: desde esa batería monumental que eleva en volandas las capas sintéticas. Grandilocuencia instrumental, en contraste con un antiheroísmo existencialista lírico brillante, rematado –“y si todo lo que soy y lo que fui / algún día será multigravedad”– por la colaboración vocal de Ángela Pascual Jr.

Esa épica doméstica, las victorias a pequeña escala de las que hablaba en su entrevista para Indiespot hace dos años, se respira también en ‘Permafrost’ y en ‘Cansancio Mental’, culminadas ambas con respectivos solos de ¿gaita? y de sinte. No obstante, subyace todo el rato entre determinadas capas clave. Desde luego, está en el espíritu de ‘Sogndalsfjora’ y ‘CT’: en los reiterativos arpegios de sinte y teclado que tanto recuerdan a Beach House; en ‘Correr’, desde el punto de inflexión ese (2:42) en el que al todo se suma una guitarra para planear sutilmente; y en algunos de los halos sostenidos de ‘Nieve’, dibujando el mismo efecto, creciente y descendiente a la vez, de una bola de nieve a punto de alcanzarnos: “Cuando miro hacia delante veo mi gran bola gigante / si la nieve que hay al fondo me llegara a alcanzar”.

El álbum se cierra con ‘Nordlys’ –“luz del norte” en noruego–, un corte dilatado y hermoso, regado con notas de piano que saben a despedida y culminado por un pantallazo final de sinte. En él, Valiente describe la incomparable sensación que produce ver una aurora boreal – “todo en completa oscuridad / y un golpe de electricidad. / La luz del norte me abrazaba / como un Mufasa de color / se me olvidó en lo que pensaba / quedé cegado por el sol” y concluye preguntándose si será capaz de “decir lo que tengo adentro”. Y la respuesta, obviamente, es que sí. Nítido y potenciado, su lenguaje ha crecido hasta alcanzar una completa consolidación.

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