Crítica: Leonard Cohen – You Want It Darker

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La marcha de Leonard Cohen remata un 2016 tan nefasto en lo personal y político como maravilloso en lo musical. Siguiendo la tónica agridulce inaugurada por David Bowie a primeros de año, You Want It Darker nos permite despedirnos del genio de la mejor manera posible: escuchando el que ha sido uno de los mejores trabajos de toda su carrera.

Leonard Cohen se ha marchado de este mundo con la misma elegancia, profundidad y serenidad con la que ha esculpido toda su obra. Hablándonos, conmoviéndonos, convirtiendo su cavernosa y varonil voz en arte, y explicándonos sus sentimientos ante la cercanía de la hora en la que toca decir adiós mediante un último álbum que, por pocos días, ha visto publicado gracias a la ayuda de su hijo Adam en la producción. You Want It Darker, a la luz de los tristes acontecimientos, se revela claramente como una despedida, como una eutanasia artística encubierta en toda regla, aunque lo cierto es que el genio canadiense ya nos había avisado previamente. Con motivo del artículo publicado por The New Yorker pocos días antes del lanzamiento del disco, Cohen dejaba entrever que su final estaba cerca: “Estoy listo para morir”, decía, “espero que no sea muy incómodo”. Por no hablar de la carta de despedida que le escribió a Marianne Ihlen en julio, poco antes de que muriera: “Debes saber que estoy detrás de ti, tan cerca que si alargas tu mano, creo que puedes alcanzar la mía”. Ahora todo encaja.

Como encaja ese gutural “I’m ready, my Lord” de la canción que abre y titula su última obra. Y esa máxima que habrá dirigido el trabajo doméstico de padre e hijo: “You want it darker / We kill the flame”. La llama que han apagado juntos, como broche de oro a medio siglo de arte, no es otra que la propia vida del músico y poeta, que ha empleado sus últimas energías en despedirse del mundo entero. Como una estrella fugaz saludando al firmamento al emprender su último camino. “I’m traveling light / It’s au revoir / My once so bright, my fallen star”, dice en ‘Traveling Light’, un tema que parece provenir del mismísimo portal de Belén, donde tampoco le queda ya justificación alguna. Las nueve canciones de You Want It Darker saben a dulce despedida porque Leonard Cohen ha dejado todo en orden antes de marcharse. Ha podido decir adiós a la creación, a todo aquello que se ha agotado de su tiempo en la tierra –‘If I Didn’t Have Your Love’–, y en su partida no necesita razones, excusas, perdones, culpables ni amantes –‘Leaving the Table’–, solo a alguien que apague la llama de un soplido.

Para ti sí que habrá paraíso

Por eso el álbum no está invadido por la tristeza sino por la calma: desde la elegante declaración de intenciones de ‘You Want It Darker’ a la escueta y elocuente última frase del disco, Cohen mantiene alta la cabeza, ancho el corazón y una serenidad que ya quisiéramos todos para la hora de nuestra muerte. Solo se desprenden ciertas dudas, determinados miedos atávicos que asolan al hombre desde que sabe mirar al cielo y al más allá, cuando trata de asegurarse un pacto con Jesucristo en ‘Treaty’ –“I sit at your table every night / I wish there was a treaty, I wish there was a treaty / Between your love and mine”, frase repetida en su último verso– y cuando no encuentra la verdad en la vieja fe: “Now it’s much too late / To turn the other cheek / Sounded like the truth / Seemed the better way / Sounded like the truth / But it’s not the truth today”. Nada que le impida, de todas formas, atreverse a cruzar la última frontera, más allá de altares en ruinas y centros comerciales –“Steer your heart past the Truth you believed in yesterday”, en ‘Steer You Way’– con absoluta dignidad.

Musicalmente su última obra no parece distinta a cualquiera de las trece anteriores: la seriedad, la elegancia y la justa medida de sus notas nos conecta con ese trovador sincero y parco, humilde y heredero de las más ricas tradiciones culturales, que ha seguido fiel a su estilo, siempre paralelo a la creación, desarrollo y defunción de infinidad de géneros y modas pasajeras a lo largo de casi 50 años. Si ha habido un músico que se ha ganado el derecho a marcharse en paz, de una forma casi mesiánica, ese ha sido Leonard Cohen. No podía irse sin contarnos qué se ve en las últimas mañanas, qué amores se recuerdan y qué sentimientos se desatan cuando ya no habrá un nuevo día. Su última voluntad fue cantarnos, compartir con su familia y con su público lo que siempre había sido, incluso antes de ser músico: un narrador omnipresente, pilar de varias generaciones; el hombre que todos quisimos ser y al que todos quisimos amar. No hay palabras en el mundo que reflejen lo que la humanidad ha perdido con la marcha de Leonard Cohen, pero muchos menos las hay para cuantificar lo que nos deja. Gracias por todo, genio inmortal.

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