Crítica: LUH – Spiritual Songs for Lovers to Sing

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Ellery James Roberts, antiguo líder de los extintos WU FYF, se reencarna en LUH para firmar un disco soberbio y exultante. Producido por The Haxan Cloak y con un marcado carácter épico, Spiritual Songs for Lovers to Sing está lleno de referencias a Un mundo feliz de Aldous Huxley y al despertar transformador de la raza humana.

Muchas veces, cuando una banda joven y talentosa se disuelve a las primeras de cambio, no hay que tener miedo. Sus integrantes más destacados aflorarán con toda seguridad en otros proyectos, y el genio no quedará sepultado. WU LYF, cuarteto de Mánchester responsable de aquel brillante y estimulante Go Tell Fire to the Mountain fechado en junio de 2011, nos sirve de ejemplo para esta máxima; y LUH, el nuevo proyecto de Ellery James Roberts, es la buena noticia de la ecuación. Sin previo aviso, el compositor confesó en noviembre de 2012 que “WU LYF está muerto para mí. Aquí no hay nada que me inspire o me interese. La sinceridad de Go Tell Fire to the Mountain se perdió en la mierda de mantener las apariencias en el mundo en que vivimos” en una carta de despedida con la que justificaba su marcha y el consecuente fallecimiento de la banda; pero rápidamente enfocó su talento en construir su propia trayectoria. LUH es el resultado triunfal de ese proceso, y aunque haya nacido en forma de dúo con la artista audiovisual Ebony Hoorn –más la producción de The Haxan Cloak–, es también la plasmación de una personalidad artística plena, apabullante, descarada, extraordinariamente expansiva y poética.

No queda muy claro si LUH significa Lost Under Heaven o Love Unites Humanity, pero ambas opciones describen de algún modo parte del espíritu de su sonido. La fórmula, materializada en un exultante Spiritual Songs for Lovers to Sing, consiste en inyectar épica amorosa al pop-rock hasta superar los límites de la sobredosis y de lo empalagoso. Un pop-rock dominado por fuertes impulsos preciosistas de art-indierock, con un ojo puesto en las nuevas tecnologías al servicio de la música, y determinado por el espontáneo radicalismo vocal de su principal creador, que se expresa desgañitado, atropellado y sin demasiado aprecio por la práctica de la vocalización. Musical y líricamente hablando, varias de las canciones que conforman este álbum de debut de LUH se erigen en fascinante verticalidad sobre una base espacial preparada para triunfar ante el gran público, y especialmente bien construida para luchar contra la soledad. Su música, por tanto, podría considerarse la herramienta perfecta para unir de nuevo a una humanidad que se halla, en estos momentos, perdidísima bajo el cielo. Y el método, según LUH, es mirarlo todo como la Miranda de Shakespeare: como quien mira un mundo nuevo por primera vez.

It’a a brave new world!

El disco se abre, como una deliciosa mañana de mayo, con la declaración del sano y ilusionante despertar que es ‘I&I’ –“There’s life in this early morning  / A life that you want to lead”–, para pasar en seguida a palabras mayores, a ritmos verticales y a amplios espacios donde se vislumbra un nuevo mundo. “Are you ready? To see this world open up before you?”, pregunta Roberts tras una descarnada declaración de amor en ‘Unites’; “I woke to a brave new world / (…) We live online, together alone / Lost under heaven’s automated light”, advierte al principio de ‘Beneath the Concrete’, mentando las peores expectativas del mismísimo Aldous Huxley. La combinación de ambas nos sirve de inmejorable lanzadera espacial hacia la épica, pero aunque el alma sonora general del álbum se pueda percibir en ellas mejor que en ninguna otra (+ ‘Someday Come’), y cuando todo parecía listo para explotar, resulta que el ánimo en constante metamorfosis del disco va por otros derroteros. Primero, por la calmada planicie acuosa de ‘Future Blues’, y más tarde, por ejemplo, por la llamativa confluencia entre el nuevo hip-hop, la electrónica industrial y el indie de ‘$oro’, donde Roberts, por cierto, arremete con virulencia contra el sistema capitalista.

La segunda parte del disco tiene un perfil más horizontal y bondadoso que la primera, pero mantiene elevado el espíritu épico. Se abre con la agazapada ‘Here Our Moment Ends’, invocando la misma transformación o renacimiento como especie –“For this kingdom is about to fall / We can build a new world”– a la que lleva aludiendo todo el disco como única vía para salvarnos; y el mismo tono llano se mantiene en ‘Loyalty’ y en ‘The Great Longin’, preciosa balada casi acústica, cantada a dúo, con la que se cierra el disco describiendo una última mirada de esperanza a las nubes altas, blancas y frondosas. Incluso en ‘First Eye to the New Sky’ y ‘Lament’, cuyas morfologías encajan con la épica del principio, hay menos vértigo que optimismo, símbolo de una efectiva transformación interna, producto de ‘Lost Under Heaven’, una bofetada de rock puro, mordiente y voraz, capaz de sacarnos a golpes de la falsa felicidad de la caverna platónica: “And I always want / More than I have now / And I am never full / (…) Of what you don’t need / With all this desire / How can I be free? / I was not born to live like this / And I know another world exists / (…) Close your eyes and see / A new reality“. ¡Discazo!

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