Crítica: Marissa Nadler – Strangers

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marissa nadler

Siempre fiel a su contenido y sutil lenguaje musical, la cantautora norteamericana Marissa Nadler aborda en su nuevo disco problemáticas que tienen que ver con la aceptación y el cambio. Strangers es terapéutico, instrumentalmente rico, dentro de sus propios límites, y una demostración más del peso que es capaz de soportar sobre sus hombros la voz de Nadler.

Si han empezado esta semana con ganas de cortarse las venas, esperen un poco más; recurran a Marissa Nadler. Porque aunque el mapa político de nuestro país y nuestro estado de ánimo sigan más o menos igual, tal vez con ella podamos aprender algo de esa maldita otredad que no deja de hacernos la vida imposible. Con Strangers, su nuevo disco, bucea en el desconsuelo y en la aceptación, de todo aquello que se escapa a nuestro control, pero también de todo aquello que nos es ajeno incluso dentro de nuestras propias fronteras (personales). Con el mismo estilo pausado, tranquilo, pero nunca del todo abatido, elegante, pese a una derrota cercana, la cantautora estadounidense ahonda de nuevo en su forma de expresión con solvencia, y también con leves inclinaciones arreglistas que, haciendo cuentas al final del metraje, no terminan nunca de estallar. Tendemos a definir a Nadler como artista de goth-folk –si es que eso existe– por el efecto lumínico: por el contraste entre el oscurantismo y la luz salvadora; pero en Strangers, en el fondo, hay más claridad que sombra, y si desnudamos bien de poética su discurso, queda claro que no es más que un ser humano buscando, incluso por encima del amor, su propia identidad.

Instrumentalmente hablando Nadler es parca como ella sola, aunque en esta entrega su voz se haya visto acompañada por una paleta orgánica inusitadamente numerosa que, a la postre, funciona casi más como un gran arreglo general que como una base cambiante para su imperante y delicada voz. Sale incluso del monopolio de la fórmula del arpegio, trasladando el peso ambiental a baterías, vientos, teclados, algún piano y a variedades de guitarra con mayor movilidad en el espacio musical creado por la artista. Desde el piano de la inaugural ‘Divers of the Dust’, desesperado canto al desaliento –“Lying here, on the rocks / With the cliffs disintegrating”– y a la perdición –“You were the bullet in my gun”–, hasta el teclado conductor de ‘Nothing Feels the Same’, el álbum refleja todo tipo de combinaciones instrumentales primando (casi) siempre la más liviana y efectiva, y produciendo, no obstante, un sonido general notablemente uniforme.

Conociendo al otro que vive dentro

Solo se salen (un poco) de la norma dos de los mejores cortes del disco: en la creciente y electrificada ‘Hungry Is the Ghost’, donde Nadler reconoce que la necesidad por el otro nace en nuestro propio interior –“Hungry is the ghost / Breathe / (…) Inside of me”–; y en ‘Strangers’, ese baladón country, con ese diálogo entre eléctrica y steel guitar, donde la norteamericana parece aceptar –qué remedio– la presencia de la otredad en sus propias entrañas: “Strangers came / In and out all the same / (…) I am a stranger now / (…) I am alone now / Playing in the dark”. Más allá de dichas excepciones, epicentro narrativo de la moraleja de Strangers, el álbum insiste una y otra vez en la imagen solitaria de Nadler, cuya voz ilumina solo el fragmento de eco y espacio que le interesa. Territorios amplios, aireados y nostálgicos –‘Katie I Know’–, tristes pero hermosamente irremediables –‘Skyscrapers’: “Way on down to your home / (…) And I’ll never go there again / Way on down, down / I am a river”– y de sana resignación sobre los cambios incontrolables – ‘Dissolve’–.

Aunque la morfología exterior del álbum no resulte precisamente esperanzadora, mantenemos la máxima de que hay más luces que sombras. Fundamentalmente por el corpus central del mismo, donde más clara queda la aceptación del dolor, de la otredad interior, de que el inexorable paso del tiempo no lo cura todo, y de las transiciones irreversibles. En concreto, y respectivamente, por la plácida ‘All the Colors of the Dark’ –“All the colors of the dark / Of all the colors of the heart / (…) I got married on a Sunday afternoon”–, por la desnuda ‘Shadow Shows Diane’ –“I want to be someone sane sometimes, somebody else”–, por ‘Waking’, con sus violines elevándose, y por la carismática ‘Janie in Love’, cuyo estribillo representa uno de esos escasos pero apreciadísimos momentos donde la pasión de Nadler parece que puede arder. Pero al final no lo hace. Porque los ejercicios más determinantes y característicos de la cantautora son siempre los de la contención y la sutileza; y en este notable Strangers vuelven a marcar el ritmo general y el poso resultante de su escucha. Ante los problemas que escapan a nuestro control se puede contar hasta diez, o se puede escuchar a Marissa Nadler.

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