Crítica: Michael Kiwanuka – Love & Hate

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Michael Kiwanuka confirma todas las sospechas. Su segundo disco, Love & Hate, es la metáfora musical perfecta de lo que es un crisol de culturas. Soul, pop de cámara, rock sureño y acento africano, todo magníficamente amalgamado, para dar expresión y palabra a la música de un mundo global en infalible paz y felizmente idealizado.

Si esta es la primera vez que oís hablar o veis escrito el nombre de Michael Kiwanuka, que lo sepáis: llegáis tarde. En concreto cuatro o cinco años tarde. Es el tiempo que ha transcurrido desde que este británico hijo de ugandeses empezó a llamar la atención de los críticos especialistas del Reino Unido. Kiwanuka ganó el BBC Sound of 2012 a principios de aquel año, un galardón que ha encumbrado a artistas como Adele, Haim o Sam Smith; y fue candidato al Mercury Music Prize con su primer álbum, Home Again –grabado junto a Paul Butler, cantante y productor de The Bees–, ese mismo año, un premio que finalmente se llevaron los también debutantes Alt-J. Pero, ¿qué tiene de especial este chico para haber generado tal unánime aprobación? Pues básicamente algo que simboliza el triunfo de la buena cara de la globalización, y de la capacidad inclusiva de la cultura británica con respecto a otras. Kiwanuka localiza sus coordenadas artísticas entre el soul clásico, el moderno, el folk de texturas nobles y el pop de cámara británico, con evidente influencia de la ingeniería de sonido del rock inglés, y otra poca de la sonoridad de sus raíces africanas. Música negra, de cuando el negro se ha integrado en la cultura y el gusto del occidente primermundista.

No estamos sugiriendo en absoluto que la música negra sea por definición tercermundista; pero sí que hay pocas fórmulas en las que veamos su espíritu y sus modales tan perfectamente integrados en la educación y en la tradición musical anglosajonas. Y Michael Kiwanuka, nacido en Londres hace 29 años, lo ha logrado. “I’m a black man in a white world / (I don’t mind who I am) / I’m a black man in a white world / (I don’t mind who you are)”, repite en formato mantra en el hit ‘Black Man In A White World’; y por algo será. Su recién estrenado segundo trabajo, Love & Hate, se define, ante todo, no como un álbum de soul o de pop, sino como un trabajo fuertemente personalista que recoge y mezcla elementos de ambos géneros y de varios otros. Formalmente es más directo y severo que su predecesor: un golpe encima de la mesa que debería convertir su figura en referente absoluto de un crisol cultural que, más vivo y escocido ahora que nunca, pone en valor por una vez la capacidad permeable de las mentalidades occidentales.

El hombre blanco y negro

Otra indiscutible virtud de Kiwanuka es su absoluto dominio de los tiempos. En apenas diez temas despliega un abanico de ritmos realmente envidiable, evidenciando una versatilidad compositiva muy a tener en cuenta. Hits al margen, Love & Hate se sostiene por sí solo apoyado en el perpetuo movimiento de sus formas, en el cambio de ritmo y de pulso, incluso dentro de una misma canción. Domina claramente el tempo bajo de la balada soul –‘Falling’, con esa guitarra tan atípica, ‘I’ll Never Love’, con esa morfología tan adaptada al pop, y ‘The Final Frame’– y el medio tiempo de horizonte largo, inmejorable caldo de cultivo para meter percusiones africanas, guitarras elásticas de funk –‘Place I Belong’–, aires de soul-rock sureño –‘One More Night’– o desarrollos épicos elegantemente arreglados –‘Rule the World’–; todo, eso sí, manteniendo siempre por delante su estilo personal. Pero basta ya de darle la espalda a los hits.

Love & Hate será recordado, entre otras cosas más genéricas, por contener una de las piezas más infecciosas del verano: una ‘Black Man in a White World’ que parece nacida en el interior de una iglesia evangélica a orillas del Mississippi, y que evoca todo el ritmo y el mestizaje intrínseco de la música negra en apenas cuatro minutos sin tregua. Es, seguramente, el tema de aspecto más espontáneo del disco, ya que éste, en general, se caracteriza por desarrollos más largos y profundos, categóricos y sobrios. Los mejores ejemplos son largas piezas que enamoran desde la primera escucha: ‘Cold Little Heart’ –con su prima gemela ‘Father’s Child’–, una canción bíblica de casi 10 minutos que mejora a cada mutación, a cada cambio de ritmo y de intensidad, con estribillo arrebatador y un sincretismo desbordante; y ‘Love & Hate’, pieza central del álbum, potente y grave, en la que deja para la posteridad su visión de un mundo sano ideal: “No more pain and no more shame and misery”. Solo por los apartados de guitarra y demás cuerdas de estos dos cortes el disco podría merecer ya la pena; pero no nos más que las puntas blancas de un iceberg negro como el betún, y receptor y traductor de todas las tradiciones.

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