Crítica: Minor Victories – Minor Victories

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Minor Victories se estrenan con disco homónimo monumental. La llamada unión de Mogwai y Slowdive va mucho más allá de la simple suma: es un ejemplo excepcional de cómo varios géneros pueden influenciarse y cambiarse mutuamente. Un disco sobre las grandes esperanzas, construido con una música tan sutil como poderosa.

Llámenme loco, pero aunque su lanzamiento haya coincidido con los dos festivales más importantes de nuestro país, el álbum de Minor Victories es lo que más me ha emocionado en las últimas tres semanas musicalmente hablando. Se trata de un supergrupo, al que ya hemos mencionado hace algo más de un mes, que reúne a Rachel Goswell (Slowdive, Mojave 3), Stuart Braithwaite (Mogwai) y a los hermanos Justin (Editors) y James Lockey (Hand Held Cine Club), y que conecta de forma grandiosa el nostálgico, difunto y resucitado género shoegaze británico, con las mareas incontenibles del post-rock instrumental contemporáneo. El resultado es un extraordinario decálogo de rock espacial, artístico, armónico y altamente emotivo, capaz de elevarnos en vuelo como entes espectadores de una mitología onírica hermosa y trágica. El disco, por supuesto, rebosa estilo, carácter, magia y dignidad; y más allá de quiénes sean sus integrantes, Minor Victories han logrado sonar, de algún modo, a algo nuevo construido sobre las ruinas todavía ardientes del pasado. “Still you fight for what was never lost”, canta Goswell en ‘A Hundred Ropes’, y ese parece ser el espíritu de todo el álbum: mantener vivas las grandes esperanzas, que son las únicas por las que vale la pena luchar.

Minor Victories es como ese océano de dudas del que hablan en dicho tema, con tormentas sentimentales y guitarreras que agitan al oyente con la fuerza de una marejada post-rockera instrumental, y con la emoción de frágil shoegaze que emana de la voz de Goswell. Hay momentos de más calma, pero en general el disco es un torbellino de reflexiones sobre relaciones rotas y recuperadas, sobre por qué merece la pena luchar por ellas, y sobre cómo se alimentan las grandes esperanzas. Todo expuesto con elegancia lírica, con contundencia y preciosismo instrumental, y con un carácter musical imponente, grandioso y de un trágico casi dramatúrgico. De algún modo, además, su sonido parece el resultado de mezclar la sensibilidad y vulnerabilidad del shoegaze y el dream pop con la fuerza inexplicable, interna, enorme y casi sobrehumana del post-rock al estilo Mogwai. “I’m done trying to hide the holes / Seal my flood defenses / (…) We’ve got to find our own way / Out this shipwreck on an ocean of doubt”, siempre en ‘A Hundred Ropes’, parece ser parte de la receta en momentos de crisis. Un bonito y monumental disco, o el manual musical de cómo gestionar y mejorar la inteligencia emocional.

Grandes esperanzas

Aunque el álbum tiene, digamos, un final feliz, no todo es optimismo y fe. Arranca con un tramo del camino a la perdición que es ‘Give Up The Ghost’, oscura y desafiante, en la que planea la amenaza de un cruel y violento desenlace: “I could tear you apart / Leave a brand new scar / Better give up the ghost before it wakes”. Y en ‘Cogs’, el corte más macarra y radical del álbum, presentan también a la vez la sonoridad y el alma de una mente confusa y desbocada –“Mind is racing / (…) The engine stalls and I’m spinning out of control”–, lejos de esa claridad que sí reina en el global del disco. La joya, en ese sentido, es ‘Breaking My Light’, donde la letra invita al derrotismo, pero la música, solemne y majestuosa, invita a no perder nunca la esperanza. Porque escuchar ese “They’ve been breaking my light / I’m not gonna fight” justo antes de que rompan en vuelo batería, violines y guitarras resulta absolutamente sobrecogedor. Contradictorio, pero infinita y hermosamente humano. Los verdaderos ases del álbum, en cualquier caso, los que pueblan una primera mitad del metraje inigualable, rebosan de una preciosa y límpida esperanza que se yergue incólume a base de rock espacial de muchos quilates.

Hablamos de la ya mencionada ‘A Hundred Ropes’: el centro del huracán sentimental, el océano de dudas. Un ritmo trepidante en el que también rompe un violín al alza mientras Goswell, esta vez sí, alienta a la lucha: “The ocean is at war / Reckless, scattered and torn / The tide is out and the fight is up”. De ‘Scattered Ashes (Song For Richard)’, un grandioso homenaje a la memoria de alguien perdido, cantado a dúo entre Rachel y James Graham (de The Twilight Sad). Con una batería monumental a grandes zancadas y versos preciosos, de una ingenuidad y un anhelo casi infantiles, que todos entendemos: “Cruel Gods of intervention / Cut the cord, rewind the ending / Take my life back to the start / Pick up the pieces of my heart”. De la maravillosa ‘Folk Arp’, ese vuelo sin motor sobre el amor y la muerte, que estalla en mil pedazos asomando, como una primera excepción, las guitarras con acento a Mogwai. Y con ese “And do you know why the contours they change as we begin again / I no longer bleed / No more must I heal / As we begin again / Take my hand and walk with me now”, ya sabemos que todo acabará bien.

Si hay amor, todo tiene arreglo

La segunda parte de Minor Victories, en comparación, resulta algo menos emocionante y homogénea que la primera. Desde la desmelenada ‘Cogs’ a la insustancial ‘Out To Sea’, pasando por la discontinuidad de ‘For You Always’ (con Mark Kozelek), donde se pierde toda la densidad, este tramo del álbum marca un punto de fuga que no resulta del todo estimulante. Por fortuna, los últimos dos cortes recuperan aquella atmósfera, y muestran una salida digna y triunfal a un caos sentimental difícil de gestionar. ‘The Thief’, con ese trotar mágico y seguro, a salvo del dolor de los recuerdos, pone el foco sobre la pérdida de la propia identidad cuando se pierde a alguien amado; y ‘Higher Hopes’, con esa serenidad que acaba explotando en purgación, y con esa sentencia final –“Am I to believe that there is more to this / As I stand before you here with open arms / Facing up to nothing less than higher hopes / You leave me holding on to higher hopes”– tan esperanzadora, nos dejan un fantástico sabor de boca. Con regusto a las guitarras y al increscendo de Mogwai, además. ¡Discazo!

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