Crítica: Shura – Nothing’s Real

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Shura

Alexandra Lilah Denton, más conocida como Shura, es el futuro. Nothing’s Real es su álbum de debut, publicado tras más de dos años dando de qué hablar en el circuito do it yourself británico: un saco sin fondo donde caben synth y electropop, R&B, pop-rock al estilo Haim y todo lo que huela a años ’80 reciclados.

Si tuviéramos que apostarlo todo a una artista de cara al futuro, tengan por seguro que las cuotas de Shura no nos harían ricos. Es tan evidente que esta chica británica de origen ruso marca el camino a seguir que sería como apostar a favor del Barça del tridente contra los suplentes del filial de CD Logroñés (con todos mis respetos). Porque lo tiene todo: desparpajo, humildad, estilo, visión, sentido del ritmo y una versatilidad autodidacta que asusta. Musicalmente hablando también lo tiene todo: partiendo de un lustroso y enérgico synthpop con diferentes acentos, cambiantes a su completo antojo, Shura parece haber encontrado un espacioso carril intermedio y paralelo entre Haim y Grimes, actualizando de tal modo el espíritu de los ’80 que da la impresión de haber enlazado directamente con la mismísima Cyndy Lauper a través de dos vías bien distintas. Ya lo avisaban los críticos británicos en 2014, cuando la de Manchester empezaba a producirse hits a base de tutoriales de YouTube, incluyéndola en la lista larga del BBC Sound of 2015. Pero finalmente no ha sido hasta este 2016, y bien entradito –tras actuar en el Primavera Sound, de hecho–, cuando Shura ha dado definitivamente el salto publicando su primer álbum. ¡Y qué álbum, señores!

Hay tantas buenas ideas que el global del disco resulta casi como uno de esos enormes collages cuya verdadera forma solo puedes apreciar a distancia, y que si te acercas ves que está compuesta por infinidad de pequeños universos con entidad propia. El dibujo general de Nothing’s Real es reconocible por las coordenadas básicas anteriormente mencionadas; pero lo mejor del disco es que en cada uno de esos microcosmos hay elementos brillantes y perfectamente engarzados entre ellos que secuestran gentilmente y sin remedio nuestra atención. No hay un solo segundo de descarte, y todo nos remite a una artista tremendamente inquieta y segura de sí misma y de lo que quiere. Una artista llena de estilo, de flow, de garra y de todo lo que se necesita para llevar adelante un proyecto musicalmente tan ambicioso prácticamente en solitario. El álbum, además, está repleto de hits, más o menos rompepistas, empedrando un camino al éxito que empezó mucho antes de que el disco fuera ni tan siquiera anunciado. Como ‘Touch’, subida a YouTube en 2014, y que el pasado mes de febrero contaba ya con 25 millones de reproducciones. Un delicado temazo de pop con acento R&B, de cadencioso beat, que demuestra que la música negra ya no es solo patrimonio de los negros.

Alma blanca

Abriendo mucho el lazo podríamos incluso afirmar que su música es heredera de Michael Jackson, o del irónico fenómeno de blanquecimiento del soul que éste encabezó hace ya varias décadas. Se nota en temas de glamur como ‘Nothing’s Real’, con ribetes de violín muy setenteros, en una ‘Indecision’ muy actualizada y fresca, o en ‘Tongue Tied’, seguramente las piezas más cercanas al carril de Grimes y al de las nuevas femmes del electro-synth-R&B. Por otro lado, Shura tiene además otra vertiente (pop)rockera, poco explotada –sí en los directos–, que también bebe del pop-rock de los ’80, y que tiene en ‘What’s Is Gonna Be?’ (muy Haim), en ‘What Happened With Us?’, seguramente el tema con planteamiento más directo, y en la jugosa ‘Make It Up’, sus mejores ejemplos. Aunque en realidad aquí ya estamos hilando muy fino, pues todas las canciones conviven en perfecta coherencia bajo la sólida sombra del estilo propio de la anglo-rusa. Incluso en ‘Kidz ‘N’ Stuff’ y, sobre todo, en ‘2Shy’, temas de pop comercial con melodías de merengue, un poco Disney en plan lluvia de estrellas y purpurina, Shura demuestra su talento y versatilidad compositiva.

Mención aparte merecen las dos pistas con las que acaba el disco. La ya conocida ‘White Light’, de construcción monumental –y con un hidden track de R&B sintético y minimalista–, que arroja luz sobre lo bien amueblada que tiene Shura la cabeza; y ‘The Space Tapes’, una deliciosa nota discordante con respecto al general del disco, presentada como una especie de versión lo-fi triphopera, que acaba con retazos sueltos de lo que podrían ser bocetos inacabados de material en obras. Teniendo todo este en cuenta, en resumen, cuesta decidir si debemos juzgar a Shura como menor de edad –simbólicamente, pues tiene 25 añazos– o como una artista plenamente adulta. Por la extremada madurez de sus composiciones, por la vibrante gestión del ritmo en un álbum que dura casi una hora, y por el brillo y frescor de su interpretación deberíamos inclinarnos por la segunda opción; pero por la ilusión, el empuje y la facilidad y naturalidad con las que ha volcado tantas buenas y genuinas ideas, concluiremos irremediablemente que estamos ante una niña prodigio con juguete nuevo.

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