Crítica: SOAK – Before We Forgot How To Dream

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SOAK-discoLa buena de Bridie Monds-Watson se ha hecho mayor. El caso de SOAK merecería un estudio exhaustivo. Aceptando que estamos ante una artista virtuosa, dotada de una voz única y personal, reconocible hasta en la emisora de más escasa señal, hay razones por las que cabría meditar detenidamente cómo a su edad, 19 años (sí, aparenta mucho menos y hasta ella lo reconoce), esta joven irlandesa compone e interpreta tan bien. Y quizá, para entenderlo, primero habría que empezar desde el principio, rebobinar y hurgar en su pasado, algo que la propia Bridie ya ha procurado hacer en su debut, “Before We Forgot How To Dream” (Rough Trade, 2015).

De su adolescencia, de la Derry natal y de sus relaciones personales, de hecho, ya nos habían llegado valiosos retazos. Singles que, al fin y al cabo la llevaron a girar por todo el país (más tarde por Europa) y a hacerse un nombre dentro de la rica y estacional escena irish. Sin ir más lejos, ‘Sea Creatures’, el ya casi himno de la irlandesa en el que alienta a una amiga que no estaba pasando un buen momento en el colegio (“Rezo por ti y sabes que no creo en Jesús. Quiero que te mejores…“), lo escribió a los catorce. Un dato tan significativo como el título del propio disco.

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Ahora, tras lanzar su primer EP en 2012, su debut se presenta como un compendio del material más sensible publicado hasta la fecha (‘Blud’, ‘Shuvels’, ‘B a noBody’), pero que además refuerza toda esa línea introspectiva mostrada. La sensación de evadirse a parajes inmensos, llanuras solitarias y cielos azules surcados por estelas de aviones, tal como en ‘Wait’ o ‘a dream to fly’, es peregrina pero incisiva hasta el punto que escuchar cada canción supone una experiencia muy personal.
El folk cándido, las guitarras acústicas (’24 Windowed House’ es una de las joyitas del álbum), los pasajes de pop orquestal, los susurros y ecos de grandeza, dan forma a una obra de carácter intimista y que recuerda, en su lejanía (no tanto de cuanto separa Irlanda de Wisconsin) a Bon Iver o S. Carey. Y es que la perspectiva que ofrece SOAK alcanza los confines de la salvaje Irlanda del Norte. Se siente pura, fresca y libre, como el verde de sus accidentes (aunque realmente de verde ella ya no tenga nada). Invita a la recreación. Y lo mejor, no nos supera. El disco está bien articulado por cuatro interludios que canalizan todas esas emociones, esquivando con destreza el exceso de nostalgia. También nos tiende la mano para que descubramos una segunda parte más variada y pretenciosa: ‘Hailstones Don’t Hurt’ o ‘Reckless Behaviour’, por ejemplo, presentan puntuales y suaves percusiones, ritmos más decididos y voces en eco que se pierden en lo más hondo de sus memorias.

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Cerrar con un pasaje como ‘blind’, donde se deja de lado toda producción para sonar cercano, como si Bridie estuviera tocando en tu habitación contándote cómo se sentía en aquellos tiempos donde nada parecía ni tan fácil ni tan bonito, es absolutamente definitorio. Tanto como para concluir que sí, que este disco denota una inteligencia y una madurez propia de un adulto, y que hay casos en que la edad, más que ser un hándicap, es una virtud enorme.

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