Crítica: Strand of Oaks – Hard Love

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Aunque ‘Radio Kids’ y ‘On The Hill’ valgan prácticamente medio disco, Hard Love puede disfrutarse como lo que es: el siguiente capítulo en la vida de Timothy Showalter, un músico que se reencarnó en vida en su propio sueño. Épica rockera, terapia mundana y trascendental y el mismo entusiasmo por la vida, en la nueva entrega de Strand of Oaks.

En ocasiones, no crean que es la norma, hundirse y tocar fondo puede ser el principio de algo grande. Porque en ocasiones los cuerpos y las almas rebotan, y desde el fango más oscuro alcanzan el cielo más radiante. En ese sentido, la palabra catarsis se queda pequeña para explicar la transformación sufrida por Timothy Showalter antes, durante y después de concebir HEAL, el álbum que, además de salvarle la vida, significó su consagración como rockero épico. Cualquier narración de su obra posterior empieza por contar su historia: la de un hombre que pasados los 30 se ahogaba en alcoholismo, tragedias amorosas y frustración existencial, y que tras un accidente de tráfico que casi le lleva a la tumba vio la luz, transformándola en un tremendo alegato por la salvación y la vida.

Era su cuarto álbum de estudio, corría el año 2014 y el mundo conoció entonces la fórmula de Strand of Oaks, que mezcla la nobleza abigarrada de un folk de botas gruesas con una épica rotunda y fanática que vive y muere en el rock más emocional y a la vez bélico que pueda imaginarse. Temas como ‘For Me’, ‘JM’, la homónima ‘HEAL’ y, sobre todo, ‘Shut In’, quedarán para siempre como el mejor recurso para remontar el vuelo, para creer, desde lo más profundo de una herida abierta, que aún se puede aspirar a lo más alto. En pocas palabras: para curarse.

Dicho esto –necesario, por otra parte, para quien firma estas palabras por su propia terapia–, parece bastante evidente que en Hard Love el revitalizado Timothy Showalter y sus Strand of Oaks siguen en la estela de aquella curación, en las réplicas de la catarsis, sacándole partido tanto lírico como musical a la experiencia que cambió la vida de Showalter. El entusiasmo vital, la épica y la intensidad emocional siguen marcando el paso claramente, pero con una interesante diferencia: tras la catarsis, Showalter parece estar ya preparado para ensalzar la vida en sí y para vivir y sentir las cosas rutinarias y mundanas de la vida con la misma intensidad que la que supo darle a su visión trascendencia en HEAL, donde la sombra de la derrota se cernía especialmente amenazante. Digamos que, en cierto modo, ha pasado página, o está en el proceso de hacerlo.

De aquellos lodos… vienen estos éxitos

Porque, por otra parte, Showalter también parece explicarnos a posteriori qué fue lo que pasó, y qué fue lo que cambió en su vida en aquel momento crítico que ahora parece tan lejano, incidiendo nuevamente sobre su accidente –‘Quit It’–, sobre el dolor de las mentiras – ‘Cry’– y sobre el agujero infernal en el que cayó, plasmando magistralmente esto último en una épica, intensa, creciente y stoner ‘On The Hill’ que se postula como epicentro emocional y purificador de este álbum. La fuerza incontenible que presenta, su obnubilada e inclemente marcha y versos como “The old life that I used to know / All that, all that went away / When I got loose on the hill” hacen de esta, sin duda, la canción más clarificadora de Hard Love.

La otra gran pieza por la que merece la pena escuchar este disco es ‘Radio Kids’, que abandera el grupo de canciones donde, efectivamente, vemos a unos Strand of Oaks que han pasado página y que saben apreciar la vida intensamente incluso con respecto a las cosas del día a día. Como la nostalgia por los viejos tiempos, inmortalizada en la que fue primer single de Hard Love. Épica y nostalgia, guitarras en un muro de sonido imparable que nos conectan con ese chaval que éramos, aquel que grababa canciones de la radio, que se refugiaba en ella –“I got my headphones on / And my parents will never know / It’s something that we had before we lost control / On the radio”– y en sus auriculares. Aceptación y nostalgia –“I wanna get it back / I’ll never get it back I know”–, gratitud por cada gota de vida – “I’m feeling sorry for myself / I’m feeling pretty old / At least I had that song”– y un grito final –“Bring it back / Bring it / Play it on the radio / Play it”– que, si estás en la treintena, seguro que te toca la fibra.

El resto del disco, aunque menor, deja buenas canciones para el recuerdo. La progresión iniciática de ‘Hard Love’, que ensalza el amor pleno, el planteamiento sano y stoner de ‘Everything’, que bucea en las fuentes de fuerza que cada uno ha de conocer por su propio bien, el folky emocional y nostálgico de ‘Salt Brothers’ –“We want something new, make it good, make it real, make it true”– o la progresiva, luminosa y culminante ‘Taking Acid and Talking to My Brother’ dan cuerpo a un disco continuista con el que Timothy Showalter se mantiene en la brecha de su propia terapia. Y eso nos gusta.

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