Crítica: Suede – Night Thoughts

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Suede_2016

La evolución de Suede puede tratarse como un asunto meramente generacional. Tras un parón de más de diez años, los de Brett Anderson han vuelto a la acción en una fase bien distinta de sus vidas, y Night Thoughts representa la confirmación de que han adaptado su música a ella.

Con Suede pasa algo parecido a lo que ocurre con los entrenadores que han sido futbolistas: reaparecen después de unos años de ausencia de la vida pública, normalmente menos en forma, pero descubres que las arrugas, las canas, e incluso la incipiente barriguilla no les queda tan mal. Suelen llevar traje y una elegancia impuesta que se han ganado a base de una vida de lujo. No son el mismo tío aguerrido, capaz de cambiar un partido en un segundo, impulsivo, irracional y joven; pero, con suerte, imprimen en el fútbol de sus pupilos el suyo propio, proyectando lo que fueron en lo que son. Y con Suede ocurre algo semejante. Como público, si somos conscientes de que no serán los mismos, y aceptamos que lo suyo ahora no es dar patadas, correr o tomarse las cosas a la virulenta, creo que podemos seguir disfrutando de ellos y de su sonido madurado. Que, ojo, podemos no aceptarlo: rebelarnos y aferrarnos a ‘Like Kids’ y a ‘No Tomorrow’ como símbolo de la eterna juventud y del amor romántico. Pero algo nos dice que cometeríamos una injusticia.

Brett Anderson tiene 48 años, e iba siendo ya hora de que sentara la cabeza en términos artísticos. Ha sido padre, y sería ridículo que siguiera hablando de temas post-adolescentes. En su regreso –Bloodsport–, tras más de una década de silencio, ya notamos esa aceptación de la madurez, pero al ser, digamos, un primer ejemplo, cabía la duda de que fuera provocada. Ahora con Night Thoughts ya sabemos que es real. Podrá gustarnos más o menos, pero es evidente que Suede han reflexionado para modificar su discurso, su narrativa y también, aunque en menor medida, su estilo estético; y eso siempre es encomiable. Seguirán mostrando sus elementos de bandera, como la propia voz de Anderson, su carisma y sus escaladas tonales, así como ese acompañamiento instrumental tan impecable, pero de aquí en adelante será al servicio de otros momentos vitales que ya poco tienen que ver con la desafiante juventud. En ese sentido, su nuevo disco no suena a una noche de sábado con tus colegas buscando el amor tras cualquier esquina, sino a una noche de martes en casa viendo una peli con la familia que has creado.

Es que han pasado 20 años

Sería una enorme rémora que buscáramos aquí algo del Coming Up, su cumbre como banda cuyo rol era cambiar el mundo (occidental). Corría el año 1996, y el britpop explicaba las fuerzas sociales de ese cambio. Pero ahora, en 2016, resultaría anacrónico que se aferraran –y nos aferráramos– a ese rol, y en el propio disco parecen marcar y evidenciar ese distanciamiento: desde ‘When You Are Young’ –“When you are young / There are bottled blooms and twisted drums / (…) There is nothing right and nothing wrong / You will play in the maze / Til your mother she calls you away”– a ‘When You Were Young’ –“When you were young / There were muddled plans and distant drums”–, que abren y (casi) cierran el álbum. Desde temas como ‘No Tomorrow’ o ‘Like Kids’ –“Oh, we hold it all in our fist / Like kids, like savages”– con morfologías todavía efervescentes, hasta los ejemplos más claros de la apaciguada sumisión a la madurez como ‘Learning To Be’ –“Falling like leaves / Falling like leaves”–, ‘I Can’t Give Her What She Wants’ o ‘The Fur & The Fathers’.

El punto intermedio del tono del álbum, sin embargo, habita fundamentalmente en tres temas: aquellos en los que se entrevé el jugador que eran en el entrenador que son de manera más clara, armónica y natural. ‘What I’m Trying To Tell You’ –“Wherever you run / Wherever you go / Now I’ll be the pilot”–, donde su particular estilismo suena más prudente y paternalista que nunca; ‘I Don’t Know How To Reach You’, esa bella y gran canción atemporal; y, sobre todo, ‘Outsiders’. Ésta, que nos llega de carrerilla desde la inaugural ‘When You Are Young’, recupera esa verticalidad cardinal tan propia de los grandes y jóvenes Suede de los ’90, pero desde una perspectiva fuerte, sobria y experimentada en mil batallas. Esos son los Suede que esperamos ver de cara al futuro: un grupo que se reafirme en todos los momentos vitales que les toque experimentar como seres humanos y como banda. Y en ese sentido, podemos considerar Nigh Thoights como un segundo paso bien dado.

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