Crítica: White Lies – Friends

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Friends es el disco más estimulante de White Lies desde su exitoso álbum de debut. Con él los de Harry McVeigh han puesto una marcha menos en su música y han logrado adaptarse a la moda sintética con bastante naturalidad. Lo presentarán en Barcelona y Madrid los días 16 y 17 de noviembre respectivamente.

El nuevo indie-synthpop es el desagüe por el que se pierden hoy en día los sueños frustrados de bandas que no encontraron el éxito practicando el estilo que hubieran querido. Obviamente no hablamos de las propuestas que empezaron así, los llamados nativos synthpoperos de nuevo cuño, sino más bien de formaciones que con el paso de los años se han visto obligados a plegarse a ciertos cánones modernos, para seguir en la pomada, que en realidad les alejan de sus raíces estilísticas. Sobre White Lies ha planeado esta idea desde que anunciaron en verano su cuarto álbum, Friends, que ha llegado por fin este último fin de semana más de tres años después de su último trabajo. La historia de esta banda londinense de post-punk revival, una excepción del género ya en su día, ha quedado marcada por el rotundo éxito de su primer álbum, To Lose My Life…, que a la postre ha sido el único con el que han alcanzado el nº 1 en las listas de ventas de su país. Ninguno de sus dos álbumes posteriores logró seguir la estela del primero, y por eso hay que examinar su nuevo trabajo como una última oportunidad de relevancia que se les presenta.

En general, y en contra lo que pudimos pensar cuando estrenaron el efusivo primer single de Friends, ‘Take It Out On Me’, el nuevo trabajo de White Lies no registra el típico y ya anacrónico entusiasmo –esa épica de gomaespuma y neón– de los años de oro del post-punk revival, sino más bien uno del tipo que se cuece a fuego lento, por insistencia y perseverancia. Punto a favor nº 1: se han quitado la careta de chavalada y su música parece más adulta y natural. No han dejado atrás, por el contrario, otro de sus distintivos: la verticalidad melódica residente, fundamentalmente, en el apartado vocal de Harry McVeigh, su frontman, y en la alianza de bajos, guitarras agudas y teclados voladores. No obstante, dicha verticalidad encaja mejor y de una forma menos impostada –que en sus dos discos anteriores– con las nuevas referencias estilísticas en uso, coqueteando muy ligeramente con el synthpop (‘Hold Back  Your Love’, ‘Is My Love Enough’, las transiciones de ‘Morning in LA’, ciertas texturas de ‘Right Place’), y más a gran escala con los espacios abiertos del pop a secas (‘Summer Didn’t Change a Thing’, ‘Don’t Fall’). Punto a favor nº 2: han logrado, sin plegarse a la moda, adaptarse a ella de manera armónica.

Entusiasmo a fuego lento

La sensación general que produce Friends es que White Lies han puesto una marcha menos a su música, y que ésta ha ganado empaque, profundidad y madurez. El entusiasmo a fuego lento caracteriza temas como ‘Don’t Want To Fell It All’ y ‘Come On’, dos de las piezas más estimulantes del disco; pero también está presente en la estructura a largo plazo de ‘Is My Love Enough’, un corte que refleja a la perfección el punto a favor nº 2. El crecimiento de las canciones es ahora más pausado y calculado que en sus dos obras anteriores, y no digamos con respecto al de su primer álbum, un monumento a la épica vertical y de consumo poco más que inmediato. A parte de las dos canciones anteriormente mencionadas, la evolución de temas como ‘Swing’ y ‘Right Place’ resulta paradigmática del renovado sonido de White Lies, con un inicio oscuro que se va iluminando a través del teclado en la primera, y con unos ribetes pop que le quedan de maravilla en la segunda.

Melodías y estructuras al margen, lo justo también es romper una lanza a favor del acertado tono de la percusión reinante en todo momento. Es justo apreciar que Jack Lawrence-Brown, batería de la banda, ha enterrado definitivamente el uso del redoble para esculpir un ritmo menos primario y binario, abriendo un abanico de recursos que otorga al álbum más plasticidad que la que tenían los rígidos intentos de continuidad de aquel impulsivo y ágil To Lose My Life…. Friends no es la octava maravilla del mundo; ni siquiera es probable que esté entre los 50 mejores álbumes de 2016, pero sí denota un buen viraje en el historial estilístico de la banda de Londres. Un acertado cambio de marcha que nos descubre a los segundos mejores White Lies de su carrera: una versión de sí mismos, en cualquier caso, con más pausa e introspección que explosiones y cambios de ritmo. Su presentación en Madrid y Barcelona del próximo mes de noviembre, por lo tanto, gana aun más relevancia a la luz de esta nueva entrega.

 

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