Crítica: Wild Nothing – Life of Pause

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Sin hacer mucho ruido ni acometer grandes revoluciones, Wild Nothing sigue creciendo dentro de las fronteras del indiepop alternativo. En su nueva publicación, Life of Pause, parece que Jack Tatum ha asumido galones en cuanto al peso de su personalidad en la fórmula musical: un paso adelante dentro de su propia formación para poder seguir sonando igual que siempre.

La figura musical de Jack Tatum, esto es, Wild Nothing, no ha recibido nunca la atención o el reconocimiento mediático que seguramente se merece. Habitual de los horarios diurnos en los grandes festivales, el músico de Virginia va ya por su tercer álbum de estudio en los siete años que lleva de trayectoria, todos desde el prestigioso sello Captured Tracks, y exhibiendo en ellos un nivel más que correcto y un estilo al que se mantiene fiel pese a los envites del cambiante criterio de gustos del público mayorista. Un estilo que arrancó como algo paralelo al movimiento –o moda pasajera–chillwave a principios de la presente década, y que parece haber sobrevivido a su rápida transformación –o decadencia– inclinándose hacia los terrenos lo-fi del pop alternativo. Wild Nothing, con la prudencia que demuestra en sus actuaciones en directo, se ha movido con habilidad en cada publicación para evolucionar sin trauma alguno como si de un fluido uniforme se tratara, y Life of Pause parece, de algún modo, la culminación de una transformación en cámara lenta.

En busca de coordenadas propias

Una de las características del sonido de la banda de Tatum, en relación a la referencia chillwave con la que alumbró Gemini en 2010, su álbum de debut, es que buceaba en las mismas atmósferas recurriendo mayoritariamente al tejido orgánico, más que al electrónico. Conformando así una tenue pantalla musical, translúcida y con una soleada mística retro, que nos conectaba con ese tipo de recuerdos que nos remiten a momentos felices de nuestra vida. Todo eso se mantiene en su nueva entrega, como también se mantenía en Nocturne, su segundo trabajo, aunque de manera algo más rígida. Pero puestos los tres a contraluz evidenciamos una creciente aproximación a la mecánica interna del pop no comercial, como si su propia personalidad musical le estuviera ganando terreno a las exigencias estéticas y morfológicas de los cánones del género que practica, sea cual sea –y cada vez más diluido–, imponiéndose como director de orquesta más que como administrador de capas y atmósferas. La presencia de Jack Tatum en Wild Nothing, por decirlo en una palabra, está ganado por fin algunos enteros.

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Los mejores ejemplos de su incipiente primacía los encontramos en ‘To Know You’ y ‘Adore’, dos piezas consecutivas, que marcan los momentos de mayor visibilidad de Tatum dentro de la fórmula de Wild Nothing. Su voz es la clave a seguir, y toda la ambientación circundante parece orquestada alrededor de su epicentro. Como si todos los demás jugaran para él. La norma del disco, sin embargo, no es tan descarada. Sigue practicando una música colectiva en la que él juega para el equipo. Pero en resumen: la lenta transformación de Wild Nothing parece dirigirse hacia una fórmula en la que Tatum gana peso como frontman, más allá de que hasta ahora haya funcionado como su cerebro pensante. Poco a poco va haciéndose cargo de las riendas de manera personalista, ganándose un hueco en los soleados páramos del indiepop, justo entre las coordenadas del Destroyer del Kaputt –‘A Woman Wisdom’, ‘Whenever’– y las del Ariel Pink más cuerdo – ‘Lady Blue’, ‘Life of Pause’.

El cuadro resultante sigue sonándonos a la acuarela de los recuerdos de verano que no se olvidan, desde ese aire tan refrescante y fértil de ‘Reichpop’ al agradable vaivén de ‘Love Underneath My Thumb’, a lo largo de un disco que se acopla al oyente como una delicada caricia de la omnipresente capa de teclado. Solo ‘Japanese Alice’, con ese soplo rockero al estilo Deerhunter, endurece brevemente el pavimento almohadillado de Life of Pause. La carrera de Jack Tatum, vista desde la distancia, podría parecer algo estática y carente de todo espíritu de riesgo, como un mar en calma; pero solo si nos sumergimos en sus aguas notaremos la corriente subyacente y percibiremos su sigiloso movimiento, siempre sin llamar la atención y en cámara lenta. Wild Nothing es el típico ejemplo de una banda que cambia, aunque sea de manera casi imperceptible, para poder seguir sonando exactamente igual disco tras disco. Pues que así sea.

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