Crónica: Arcade Fire @ Razzmatazz (05/07/16)

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Insuperable actuación de Arcade Fire anoche en Razzmatazz. Los canadienses, en su primer concierto serio en dos años, destrozaron el récord de felicidad jamás registrado en una sala de espectáculos. Fue un sueño hecho realidad, una noche que no olvidaremos durante el resto de nuestras vidas. Solo ellos, sin sobreactuación alguna, su increíble música y su enfervorecido público. Fue histórico.

Cuesta serenarse. La adrenalina aun fluye a borbotones y el cerebro duele de lo fuerte que se están incrustando los recuerdos de esta noche. No hace ni una hora que Arcade Fire estaban reventando Razzmatazz, en un concierto sorpresa anunciado hace dos semanas y vendido en apenas media hora, y ya hay propuesta legislativa de iniciativa popular para incluirlo en los libros de historia. Porque ha sido, con toda seguridad y rotundidez, el mejor concierto de los últimos años en Barcelona; la actuación musical más memorable de la vida de muchos de los afortunadísimos asistentes. Fundamentalmente debido a la epidemia masiva de felicidad, desatada y retroalimentada de manera exponencial, pero también a un setlist de ensueño y a una actitud por parte de la banda en las antípodas de la impostura. Sin adornos ni decorados innecesarios, sin la parafernalia mediática y sin sobreactuación alguna: solo ellos, su increíble música y su público, totalmente enfervorecido. Arcade Fire, una banda capaz de llenar un estadio mediano, frente a frente en la cercanía de una sala donde la orgía de colorido pop-rock se estrellaba una y otra vez en las cuatro paredes y en el interior de las más de mil almas allí presentes. Absolutamente legendario.

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La sala ya estaba repleta cuando Little Scream, prometedora artista canadiense afín a la banda protagonista, abrió la velada con su actuación; pero ni el lógico hacinamiento de un sold out ni el intenso calor impidieron que la noche transcurriera por el mejor de los caminos. Hasta el sudor, mezclado con el torrente general de llanto de alegría, sabía a néctar y a ambrosía. La fiesta del año arrancó como si un sueño se hiciera realidad: sonando ‘Ready To Start’ antes que ‘The Suburbs’, con cierto aire comedido y un leve absentismo de frontman en la segunda, sentado Butler al piano y Chassagne a la batería. Pero cuando ésta salió del fondo y empezó a bailar, ya desde la desmadrada ‘Sprawl II (Mountains Beyond Mountains)’, empezó a desmedirse la épica. El listón siguió subiendo con la rotunda y exultante ‘Reflektor’, con una ‘Artlife’ en la que reconocimos a Owen Pallett en la sección de violines, con el monumental crecimiento de ‘We Exist’, y con el rock directo de ‘Normal Person’, que hizo saltar muy alto al público. Porque si una cosa contagia esta gente es la increíble sensación de creer que si estiras un poco los brazos y saltas con fuerza puedes llegar a tocar el cielo. Y eso es impagable.

Del mito al cielo

Entonces llegó ese primer momento inolvidable, ese pedazo de historia que es escuchar ‘Keep The Car Running’ en Razzmatazz. Algo escalofriante. Ahora bien, tal como plantearon el repertorio, sobre una partición cuasi salomónica de sus cuatro álbumes, podría decirse que el concierto tuvo dos fases, semejantes en fervor, pero algo distintas en carisma. La primera centrada en The Suburbs y en Reflektor –un interludio con la celestial ‘Intervention’ y ‘My Body Is A Cage’, que pasó de la contención escénica a rozar el techo–, y la segunda, después de una transición apoyada en Neon Bible, desempolvando el inigualable Funeral. Esta fase comenzó en realidad tras otro de esos momentos históricos de la noche: cuando ‘No Cars Go’ desató la locura y provocó más de un llanto y más de diez, explotando además en un final apoteósico. A partir de entonces la noche mutó en una escalada de emoción, festividad y felicidad incontenibles. Con decirles que el comienzo de la ascensión lo marcó ‘Haiti’ se harán una idea de lo alto que subieron en la última media hora: una regresión –tan maravillosamente dolorosa y bella como el final de Six Feet Under– a cuando esta numerosa pandilla de canadienses se atrevieron a conquistar el mundo.

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Porque sí, con ‘Neighborhood #1 (Tunnels)’ sí que empezó todo en aquel año 2004, y el público la coreó como si por sus venas corriera adrenalina en lugar de sangre. Luego en ‘Neighborhood #3 (Power Out)’ proliferaron los morreos casillescos, haciendo honor a toda la celebración de la vida y del amor que es en sí la propia banda; y cuando la tralla final parecía indicar un posible cierre por todo lo alto, los de Montreal se mantuvieron incólumes y siguieron conquistándonos. Para acabar sacaron su versión más festiva, efusiva y orquestal en ‘Rebellion (Lies)’, haciéndonos chorrear de felicidad, y la más complaciente con la mercadotecnia –muñecotes y confeti incluidos– en ‘Here’s Comes The Night Time’, canción con la que se despidieron por primera vez. Pero para entrar en la historia hacía falta un cierre aún mejor, un último hito inolvidable; y ese no podía ser otro que el de escuchar ‘Wake Up’ como broche de oro. Insuperable. Porque más allá de las dos horas llenas de concierto, más allá del intercambio de roles de la casi docena de músicos sobre el escenario, y más allá del fenómeno fan, Arcade Fire nos dieron más felicidad en su concierto de anoche que la que nos ha dado jamás cualquier otra banda del circuito mundial.

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Fotos de Pablo Luna Chao.

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