Crónica: Oso Leone @ Apolo (07/05/17)

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Oso Leone acreditaron anoche su elevado estatus dentro del panorama independiente nacional en su concierto en la sala Apolo de Barcelona. Más allá del pre estreno de su inminente nuevo disco, mostraron solidez y fiabilidad en su mágica puesta en escena y reformulaciones muy atractivas de temas antiguos. Y lo nuevo, aunque distinto, tiene muy buena pinta.

¡Cómo están Oso Leone! Su actuación de anoche en la sala Apolo de Barcelona, enmarcada en una minigira en la que no presentan su nuevo álbum –aún inédito aunque ya acabado– sino que lo pre estrenan, dejaron claras tres cosas: A) que el disco tiene una pinta fantástica; B) que, gustaran o no sus nuevos temas, es innegable que ha generando una expectación muy merecida y rara vez vista en estas circunstancias; y C) que su cancionero tradicional sigue enriqueciéndose con interesantes inputs, tanto conceptuales como instrumentales y humanos.

La formación mallorquina ha evolucionado mucho desde su primera entrega homónima, allá por 2011. Siempre huidizos en cuanto a etiquetas y fórmulas pre escritas, han pasado de una especie de folk atmosférico y semi acústico con aromas mediterráneos a un sonido más sintético de calidez más orgánica. El silencio, tan elocuente en sus dos primeros discos, está cediendo protagonismo al ambiente, generado de manera casi orquestal aunque sutil por una conjunción grupal en la que cada elemento sonoro tiene su espacio y su tempo reservado. Han pasado, en definitiva, de proyectar una música personal, íntima y, digamos, pequeña, a sugerir un universo amplio, espacioso y apoyado en una libertad de movimientos que no agarrota ni coarta nada.

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Se hayan dado más carta blanca o menos a la hora de concebir el nuevo material, su concierto de ayer demostró que los Oso Leone de Mokragora eran el punto de partida de algo que difiere bastante de lo que nos espera. El repertorio que exhibieron se dividió nítidamente en presente –aún futuro en la práctica– y pasado, con hasta ocho canciones nuevas interpretadas en primer lugar y encadenada –más lo dos bises– y una revisión de seis temas antiguos con un nuevo y extraordinario enfoque, con más poso y fibra. Y es, sobre todo, de esta segunda sección de la que podemos extraer la dimensión que puede alcanzar esta banda a la luz de su nuevo álbum, pensando en cuando tengan más trabajado e integrado el nuevo material en el directo. Una dimensión que, con razón, sobrepasará nuestras estrechas y limitadoras fronteras.

Cactus’, por ejemplo, sonó con menor sutileza de la que nos tenían acostumbrados, pero con un tono cavernoso y mágico que recordaba a Grizzly Bear; ‘Crisantemo’ con una densidad más poblada pero añadiendo detalles rítmicos y de guitarra brillantes; y ‘Rebelion’ con una reformulación más volátil y cristalina. Con ‘Ficus’ y ‘Ficus II’ directamente enamoraron, logrando el esquivo equilibrio entre sutileza, intensidad y contundencia, y de ‘Salvia’ poco menos se puede decir que representa, hoy por hoy, algo muy cercano al sonido franquicia de Oso Leone. Muchos reconocimos entonces al grupo que habíamos venido a ver, más allá de la cita a ciegas que significó la primera mitad del concierto. Unos Oso Leone más potentes –la guitarra de Emilio Saiz (Nothing Places)– y efectivos a la hora de transmitir emociones.

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Futuro y pasado

En contraposición, la primera hora de actuación que nos ofrecieron los baleares pareció regirse más por una intención de tanteo, ya sea de cara a ellos mismos que hacia el público, que no por una voluntad pura de expresión artística trabajada y segura de sí misma. Por momentos las nuevas canciones sonaron más estáticas, como aún por desembalar y con el precinto aún puesto; y es lógico: pues, en comparación con lo anterior, el trabajo que hay detrás de la puesta en escena del nuevo material es aún muy escaso.

De la primera fase de concierto, por tanto, es difícil extraer grandes y certeras conclusiones. Puede que a la postre nos presentaran todas sus nuevas canciones –¿10?–, pero en cierto modo descontextualizadas. No obstante, sí fueron reconocibles algunos elementos que pueden marcar las líneas maestras del nuevo disco: intensidad subyacente, una sobresaliente y más poblada fluidez instrumental, un groove más cálido que en anteriores entregas, posibilidades rítmicas y ambientales multiplicadas con la segunda batería y la guitarra de Saiz, e incluso algunas trazas positivas de James Blake o Radiohead a la hora de convertir la electrónica en un fiel y elegante servidor de la ambientación emocional.

Ahora bien, como simple y llano directo, al margen de evaluaciones prematuras del nuevo disco, Oso Leone acreditaron su elevadísimo estatus dentro del panorama nacional independiente. El magnetismo de su fórmula, el talento y la proyección que tienen están fuera de toda duda. Solo falta la guinda que todos esperamos para que, por fin, de una vez por todas, triunfe en este país la verdadera calidad musical. Estamos a un solo paso.

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