Los discos de mi vida, por Museless

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Volvemos con la sección “Los discos de mi vida”. No los de quien escribe estas líneas, claro, sino los de una serie de artistas nacionales que conforman, según nuestra modesta opinión, la flor y nata actual del panorama musical nacional.

Por aquí pasarán bandas y artistas de todo tipo para entregarnos la selección definitiva: los cinco discos más importantes de sus vidas, en orden cronológico y asociándolos a sus recuerdos más preciados. Una bonita forma de conocer un poco más a nuestros artistas nacionales favoritos.

Laura Llopart es Museless, una de las artistas revelación de esta temporada a nivel nacional. Su figura emergió en la escena pop electrónica hace menos de un año al inaugurar el Primavera Club 2016 en Apolo, donde erigió una puesta en escena monumental para su EP Grey Boy, publicado unos meses antes con el joven sello barcelonés Luup Records. Desde ese momento su crecimiento ha sido exponencial: aumentando las expectativas sobre Dichotomic History, su álbum de debut, a medida que repartía adelantos del mismo entre la prensa especializada más prestigiosa, y culminando con su presentación en el Primavera Sound 2017, nada menos que en el escenario Pitchfork.

Lo que distingue a Museless, en cualquier caso, además del fulgurante aplomo escénico que ha ganado y de su concepto multidisciplinar del arte –la pintura, la danza y el diseño están muy presentes en su discografía y en sus directos–, es la claridad tan temprana de su discurso y el fuerte carácter que emana de él. Sirviéndose de herramientas electrónicas, Llopart construye una sólida narrativa basada en un universo melódico propio donde reserva espacios para la contención y otros que le permiten desarrollar un tipo de exploración voraz. Su debut en largo, de hecho, se plantea como un viaje que atraviesa diferentes ambientaciones, densidades y atmósferas, pero siempre remitiéndonos a la personalidad colosal y magnética de su autora. Una forma de ser que, lógicamente, se ha construido a base de extremos, tanto radicales como aproximados. Los cinco discos que han marcado su vida son un ejemplo perfecto de ello.

MICHAEL NYMAN – The Piano OST (1993)

¿Cuándo lo descubriste? Descubrí The Piano, de Michael Nyman, a los 14-15 años, creo. Mi madre se compró el disco porque tocaba el piano, como yo.

¿Qué significó para ti? Fue clave para potenciar mi interés en la música y me inspiró tanto que en mis composiciones de entonces buscaban parecerme y acercarse al sonido y al universo de este disco. Una BSO cargada de emociones y matices.

Un momento vital asociado: Por aquellos entonces no estaba pasando mi mejor momento en lo que se refiere a estado de ánimo. Fue una época de reclusión e introspección que rellené con sus armonías. Me alimentaron y me hicieron evadirme del oscuro proceso en el que me encontraba.

HIM – Love Metal (2003)

¿Cuándo lo descubriste? Un poco más tarde, a los 15 años, llegó a mis manos y oídos el disco que HIM acababa de sacar: Love Metal. Fue gracias a mi hermana Marta, tres años mayor que yo, que estaba pasando por una etapa oscura en la línea de lo gótico, estilísticamente y emocionalmente hablando.

¿Qué significó para ti? Me descubrió un mundo poco convencional, con respecto a lo musical, que desconocía. Esto nos llevó a ambas a adentrarnos en esta movida de lo oscuro, lo siniestro, para conducirnos hasta una etapa más reivindicativa y desacomplejada.

Un momento vital asociado: Yo permanecía en un estado larvario afectivo y este disco no contribuyó mucho a incrementar mi apagado humor, pero lo recuerdo con estima. Fue una época de descubrimientos y aceptaciones interiores. La adolescencia la pasé con ellos al principio.

MARILYN MANSON – The Golden Age of Grotesque (2003)

¿Cuándo lo descubriste? Llegó a mí entre los 15 y los 16 años.

¿Qué significó para ti? La revelación, el descaro, el grito y la fuerza que se impuso ante esos años de bajas revoluciones anhedónicas.

Un momento vital asociado: ‘mOBSCENE’ fue la guinda. Guiada siempre por mi hermana, nos proclamamos con orgullo las santánicas del pueblo, ¡Jaajajaj! Salíamos de fiesta con lágrimas negras pintadas en el rostro, medias rotas, botas new rock incluidas, y mi hermana se tiñó el pelo de negro. Fue una etapa muy loca y descarada. Nadie conocía esa movida en el pueblo donde vivíamos (Puigcerdà), así que la gente nos miraba con sorpresa y sobresalto. “¡Las hermanas Llopart siempre dando la nota!”, dirían. Luego en el colegio de las monjas no me llamaron la atención por mi indumentaria, fueron comprensivas y aliadas al mismo tiempo. También fuimos a un concierto –el primero al que fui, creo– con mi madre (rockera en la intimidad) en el Palau Sant Jordi: a ver al tipo durante su gira del disco Lest We Forget.

COLDPLAY – X & Y (2005)

¿Cuándo lo descubriste? Durante un intervalo largo de más tranquilidad y sosiego me adentré en las armonías de Coldplay con su X&Y, a los 16: al acabar la ESO y empezar bachillerato.

¿Qué significó para ti? Un golpe de aire fresco y cargado de buenas energías que traía consigo cambios y el inicio de una etapa que significaría la “emancipación” tanto emocional, como más tarde física, de mi familia.

Un momento vital asociado: Cuando escucho este disco sin querer me trae recuerdos muy intensos sobre el inicio de la maduración: el sentarse y preguntarse qué va a hacer uno con su destino. Todo Bachillerato lo pasé con ellos como BSO y combustible para mantener la motivación de ser, algún día, universitaria, de dedicarme a la ciencia. Con ellos, junto con la serie House, que por defecto la asocio, me encendieron la chispa para el conocimiento del cuerpo humano y sus variopintos problemas y desajustes. Decidí que algún día, si podía, sería investigadora –al principio en genética. Pude entrar en Medicina aunque la nota de la sele estaba bastante altita. Con ellos empecé la carrera universitaria de mi vida: medicina y cirugía, y con ellos me despedí del día a día compartido, desde los inicios de mi existencia, con mis padres. Me fui a vivir a Torredembarra y en Reus comencé esta odisea que terminaría al cabo de 6 años en Barcelona (me concedieron un traslado universitario).

CHRISTINA ROSENVINGE – Tu labio superior (2008)

¿Cuándo lo descubriste? A los 20 años, ya inmersa en medicina, más apaciguado todo, con pareja estable y con el resto de factores controlados, descubrí a Christina Rosenvinge. Desconociendo su pasado más o menos mainstream durante la movida madrileña, porque mis padres eran más de Bob Dylan, aparece en 2008 Tu labio superior: un gran descubrimiento. En el mismo contexto, tengo que nombrar otros artistas como Lulla Tune o Alba Noto, que me iniciaron en la indietronica, pero creo que Christina se lleva el premio a la contusión vital.

¿Qué significó para ti? Hice las paces con la disconformidad, con la sensibilidad y el dejarse llevar, el poder estar tranquila, sin prisas y contenta y satisfecha por lo que estaba escuchando y siendo. Me sentí identificada con esta mujer y sus letras sugerentes y juguetonas, descaradas y provocativas. Me inspiró para empezar a mezclar mis melodías dulces al piano con cambios armónicos decadentes y alarmantes. Hice, lo que se podría llamar, una primera maqueta que Enric Sant tituló como Teclas Dentales. Más tarde ella me motivaría para añadir a estas melodías diabéticas letras desconcertantes y degeneradas que robaba a mi padre. Este entendimiento sería, en un futuro más lejano, el modo de entender la composición en los trabajos de Museless.

Un momento vital asociado: Cuando indagué más en quién era esta hermosa mujer descubrí su pasado de superstar a la española, del que ella se apartó, y me pareció muy inspirador su pasado gamberro. Con ella salí de fiesta como fans supremas junto a una de mis “mejores amigas” de la facultad, si aún se puede decir así. Salíamos a lo Christina y fuimos a algunos de sus conciertos de dio por Barcelona: en Apolo, en el Auditori. Soy fan de pocos grupos o bandas, pero tengo que reconocer que ella es mi “cabeza de cartel”, aunque parezca muy distante a mis producciones. Tengo que reconocer que su modo de cantar, su color, me ha calado hasta la garganta.

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